Cortinas de confusión y polvo se alzaban sobre nuestras cabezas, el hueco que se adhería a nuestros pies, era sin duda la premonición de nuestro temprano futuro, solo bastaba calcular el inicio de tan repentino solsticio.
Y aun así, mi cuerpo dolorido clamaba ese término, esa ráfaga de aire, que podría sin duda inhalar, cuando todo hubiera pasado, no echaría de menos nada de la última etapa de mi vida en la tierra, eso lo sabían mis huesos.

Dios, acaba conmigo antes del crepúsculo, hazlo rápido, directo, humano.

Acaba con el desaliento de mi ser, un cuerpo tullido no te será de gran valor, pero tómalo todo, no a pocos, todo de una vez.
Tan cobarde había sido de no poder acabar con mi vida, cuantos edecanes habían optado por esa gracia, no los había llorado, no, ellos así lo querrían.

Ahora era mi turno, salir de las brasas y la incertidumbre, ¿era acaso pedir mucho?

Ya había dado tanto de mi ardor y esfuerzo, que al partir, solo recogerían de mí una pavesa amarga y gris.
Esto era en lo que la guerra te convertía, en un trapo sucio e inerte, aunque ya daba igual.

Mi trinchera rebosaba de cuerpos supervivientes sobre despojos mortecinos, una bruma de tristeza y desamparo revoloteaba nuestras azoteas, pero no duraría mucho, el hombre llamado enemigo, ese al que debíamos odiar, ya daría por terminada nuestra función en cuestión de segundos, y el pájaro de calma recogería nuestras almas a la deriva, ese seria mi descanso.

¡¡¡Ven por mí!!!, ¡¡¡Ven ya!!!, ¡¡¡Muerte grata, ven!!!

No dejes nada, no seas compasiva ahora, puesto que ya todo me lo arrebataste, termina con el trabajo aplazado.

¡Ohh! muerte apiádate de mi cordura.

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