Ya saben que les dije que esta maravillosa historia era de mi hermana del alma Karol Scandiu, aqui el segundo y ultimo capitulo
Aqui les dejo el enlace a su blog, para los que aun no la conozcan
Deseo y oscuridad

Aviso: Con alto contenido sexual, erotico, caliente, y tremendamente lujurioso, jajajaja. Asi que abstenganse los que sufran del corazón, o los que no soporten poner dichas escenas en su mente. Quedan avisados

Sin mas, aqui la segunda parte.
Y como dice mi hermana:

A leer, soñar, disfrutar, y comentar que os ha parecido… vuestras palabras alimentan mi alma…

PARTE II

Caroline observaba la pantalla, en donde el botón de “Publicar Entrada” esperaba ansioso, al igual que sus lectores, el capítulo número seis de la tórrida historia de Amanda y su vecino James. Lo había releído una y otra vez, aquel sería el gran momento, una escena que había imaginado centenas de veces. Como él entraba en la habitación, como la besaba, como la hacia suya. Y si, el capítulo había salido exactamente como ella quería. Hasta el más frígido se pondría como una moto al leerlo.
Pero seguía sin poder hacerlo. Aquello la superaba día tras día. Todos los comentarios, ansiosos y desesperados por más de su nuevo relato, uno que había cautivado a la casi totalidad de sus seguidores, el único que ella realmente sentía al escribir. Porque era verdad. Esa era ella. La mujer de veinticinco años, solitaria y que vivía al final del pasillo, observando como el hombre más impactante sobre la fas de la tierra, se dedicaba a disfrutar toda clase de labios y cuerpos mucho mejores que el suyo, mientras ella se consumía en llamas con tan solo oler su perfume en el descansillo.
Le destrozaba todas las peticiones interminables de “quiero más”, “por que tardas tanto en publicar”, y otras cosas similares. Porque le dolía. Le dolía escribir sobre ello, y ese nuevo capítulo mucho más, porque sabía que era una situación que nunca tendría lugar.

Caroline nunca había sido una mujer exuberante. Guapa, si. Hermosa, por supuesto. Pero talvez por su estatura tan delicada, sus trazos aniñados y pecosos, ocultos tras el pelo negro y el rostro asustadizo, nunca se había dado demasiado bien los chicos.
Cuando conoció a su marido, Paul, que además, fue su primer novio, se agarró a él con uñas y dientes. Al fin alguien que no se avergonzaba de su timidez. Alguien que la miraba con deseo. Así que se casó, pero como todo lo bueno llega a su fin, y para su pesar a tan solo los dos meses de estar casados, Paul decidió que se había “equivocado de acera”.
Ella sabía que algo no marchaba bien. Con tan solo cinco meses de matrimonio él apenas rozaba sus labios con los de ella, cuando hacía poco, devoraba su boca. Los besos empezaron a escasear, las caricias a desaparecer, y cuando quiso darse cuenta, hacían el amor como mucho una vez al mes después de que ella prácticamente se tiraba desnuda en cima de él. A lo que respondía tumbándose sobre ella y sin más miramientos se metía entre sus piernas, sin esperar siquiera a que estuviera lista para recibirle, hiriéndola mientra se movía con embestidas brutas y rápidas, sin mirarla o besarla, corriéndose en seguida sobre su tripa y dándose la vuelta en el colchón.
Así pasó casi un año y medio, hasta que desistió de intentarlo. La verdad era, que para sentirse usada y asqueada de si misma, ni a una puta se le trataba con tanto desdén, prefería estar sola, consolarse ella misma. Y él por su lado, más que encantado de no tener que cumplir con sus “obligaciones maritales”.
El día en que llegó a casa de una visita de fin de semana a su familia en NY, y le encontró a cuatro patas en la cama mientras un hombre que le doblaba en tamaño le daba cachetes en el culo y le llamaba “mi putita”, lo entendió todo. Pero en lugar de sentirse ofendida, ultrajada, herida como o haría cualquier mujer, el alivio le embargó como una ola. ¡No era su culpa! No era ella la que había dejado de ser apetecible, o la que había cometido error alguno. Era él quien no había descubierto aun que es lo que le gustaba en realidad.
Pero hizo lo suyo; como buena mujer traicionada, echó al amante de su marido a patadas de su casa, mientras haciendo acopio de las clases de interpretación que había tenido en el instituto, incluso lloró mientras le decía “¿por qué? ¿por qué?”, temiendo reírse de un momento a otro.
Él se fue, y el divorcio salió en seguida. Todos creían que estaba destrozada, pero la verdad era que se sentía bien. Tenía su trabajo, su casa solo para ella, y su Blog.

Su pasión y su mundo siempre fueron su rincón, en donde decía lo que sentía, escribía sus pensamientos e historias, y allí, todo era eso, un mundo imaginario donde todo era posible… al menos hasta el día en que decidió ir a la piscina. Llevaba allí tres años y nunca lo había echo, y ese día, todo su mundo se quedó patas arriba.
Cuando le vio al otro lado creyó que se quedaba sin aire. Por supuesto que le había visto, quien no. No es que su vecino pasara precisamente desapercibido entre su estatura de casi metro noventa y aquellos ojos que parecían hipnotizar al que le mirase. Pero ella nunca le había puesto demasiado atención. Sabía que era bombero, todo el barrio lo sabía. Las mujeres prácticamente hacía una “quedada” en las ventanas los miércoles y jueves por la tarde cuando él llegaba de trabajar, vestido aun con su traje de “salvador de vidas”. Ellas si necesitaban a un “bombero”, nunca mejor dicho. Parecía como si a todo el mundo le llamara la atención menos a ella.
Además de su aspecto, con el pelo algo desaliñado, y aquel perfume que duraba horas en el descansillo, era todo un “casa nova”. Eso si lo había notado. Había perdido la cuenta de cuantas mujeres diferentes había visto entrar y salir de su casa. Algunas veces incluso dos en el mismo día. Caroline estaba segura de que nunca le pasaría a ella. Aquellas chicas tenían todo lo que escaseaba en su cuerpo; las cinturas imposibles, los pechos que parecían apuntar al norte y decir “no acerques ni un globo que lo exploto con mis pezones de silicona”, y como no, lo ultimo de la moda en sus ropas y zapatos, que hacían de ellas, el tipo de chica que Caroline nunca sería.
Tampoco es que lo quisiera. Le gustaba ser como era, ser quien era. Le gustaba mirarse al espejo y ver como sus curvas existían, pero no demasiado. Se sentía bien con su cuerpo, con sus pechos que ninguna mujer, por mucha silicona que se pusiera, podría tenerlos así de firmes y redondos. Se gustaba a si misma. Siempre lo hizo.
Y ahora que estaba sola, que más daba que pensaban los demás de ella. Ella sabía que no eran gran cosa, pero era mucho más que aquellos tipejos que siempre iban colgadas del cuello a su vecino.

Así que maldijo la hora en la que decidió bajar a aquella piscina, porque una cosa era verle vestido con sus pantalones rotos y camisas ajustadas, o su “disfraz” que les volvía locas a todas, aquello era muy distinto. Con el bañador, de esos que son como bóxer, ajustados al cuerpo pero con algo de perneras, y de color negro, destacaba cada musculo que surgía de detrás de la tela y empezaban a dibujar su abdomen. Su pecho era algo que aun no desaparecía de su mente. En aquel momento tuvo que controlarse por no tirarse al agua, y poder así llegar lo más rápido posible y agarrarse a él. Sus brazos, su espalda, todo él parecía simétricamente diseñado para volver locas a todas las mujeres del planeta.
Su vista quedó pegada a su cuerpo, a lo masculino que era, a las facciones de su rostro griego y fuerte, a aquellos tatuajes que hicieron que sintiera como su ropa interior se empapaba al instante con tan solo imaginarle rozando su piel. Nunca le había pasado algo así. Es más, nunca le resulto precisamente facial el excitarse. Puede que se debiera a que solo había conocido a un hombre en su vida, y que este resultó además no ser precisamente un “amante de las mujeres”, pero desde luego no se acordaba haberse sentido así por nadie, nunca.
En aquel instante, al igual que su entrepierna se llenaba, sus rostro también, pero del rubor al imaginarse si alguien se diera cuenta de como le miraba, y cuanto más, como se encontraba en aquellos instantes con tan solo mirarle.
Vio como una chica se acercaba, y allí, delante de todos, sin tapujos ni vergüenzas se enredaba en él como una serpiente de cascabel, letal y asquerosa, eso fue precisamente lo que pensó Caroline, y le besaba con un descaro inaudito, mientras bajaba la mano y con ganas le agarraba el centro de su bañador.
“¡Será puta!”, se contuvo por no decirlo en voz alta, y lo siguiente que vio fue como él se alejaba de la chica, y tirándola de la mano, empezaron a caminar, casi en una carrera en dirección a la entrada del bloque.
Pasaron justo a su lado, permitiendo que ella oyera como la “guarra esa” le decía que se preparara para lo que tenía pensado hacerle, y él le contestaba tan solo con la más maliciosa y seductora de las sonrisas que Caroline hubiese visto jamás.
Aquella misma tarde empezó a escribir su nuevo relato. Y por primera vez había verdad, aun que con nombres distintos y una que otro detalle, pero sin lugar a dudas, verdad en lo que escribía.

Caroline estaba transbordada. El trabajo le agobiaba, no es que ser gerente de una cadena de ropa fuera el sueño de su vida, pero le pagaban bien, en el blog la atosigaban pidiendo más y más de una historia que a cada día le dolía más el escribir, y para colmo, por primera vez se sentía realmente sola. Sola y celosa como nunca. Ya hacían cuatro meses desde todo había empezado, y desde entonces ella se enamoraba a cada segundo que pasaba de su vecino Jimie, hasta pensar en su nombre hacía disparar su corazón. Así que, cuando llegó a casa y las llaves se le cayeron, fue la tontería que hace estar la bomba.
Lo ultimo que se esperaba es que él, justamente él, fuera verla en aquella situación, y menos aún, que le hablara.
Tuvo que recordarse un par de veces el seguir respirando mientras él parecía realmente preocupado por ella y sus verdosas retinas la hacían marearse. Fue una conversación breve, con todo lo que era capaz de escribir en menos de una hora, y a la hora de hablar, podría tirarse todo un discurso diciendo “hemmmm”, y aun así, no estar segura de si debía o no haberlo dicho.
Cuando se despidió enviando “recuerdos a su marido”, creyó que lloraría. Además de la vecina que nunca miraría, ni de lejos, la tenía como la mujer casada que vivía en frente. Sintió desvanecerse cualquier esperanza que pudiese tener de estar con él. Aun que sabía, y se recordaba lo mismo constantemente, que nunca hubo tal esperanza. Él nunca se interesaría por ella.

Al día siguiente mientras hablaba por teléfono con su amiga Julia, y le recordaba a esa por millonésima vez la dirección de su blog, sintió como si la estuviesen observando. Fue una sensación extraña, aun que no de estas que te hacen tener miedo. Más bien todo lo contrario. Se sentía observada, admirada en realidad.
Subió las escaleras a paso lento con el mismo presentimiento persiguiéndola, y cuando estaba a punto de entrar en su piso, podría jurar que había visto como él cerraba la puerta del suyo.
¿La había estado mirando? ¿Observándola a escondidas? No, imposible. Lo más seguro era que se “escondía” al ver como ella llegaba, y así no tener que hablar con ella. Como lo hacía con la pesada de la señora que vivía en el piso que había en medio.
Sonrió mirando hacia la puerta, en realidad, se reía para sus adentros ante la estúpida e imposible idea de que él pudiese haber siquiera pensado en ella.

Así que allí estaba; sentada delante del ordenador, con un nuevo capítulo de su historia, e incapaz de publicarlo.
Dejó la pantalla abierta, mientras entraba en su blog por otra pagina para revisar un poco como estaba todo, a ver si así creaba coraje y publicaba.
Miró la entrada del capítulo cinco, el ultimo que había subido hacían ya más de diez días, y el numero de comentarios era de 70. Lo abrió a desgana, pero la última vez que había contestado con, el copia/pega habitual, habían como mucho treinta comentarios, y no quería que sus lectores se quedasen “tirados”, por así decirlo.
La pantalla se abrió y empezó a leer por encima los comentarios. “Lo mismo de siempre”, suspiró con aire de resignación mientras empezaba a copiar los nombres de los lectores. Cuando llegó al ultimo de ellos, el numero setenta, era un comentario anónimo. No le dio demasiada importancia pero aun así decidió leerlo, estando segura que, de no ser por estar sentada, se hubiera caído allí mismo.

““Necesito saber que ya no es demasiado tarde…
J.””

No podía ser verdad. No. Tenía que ser alguien gastando una broma de mal gusto. ¿Pero quien? Nadie sabía nada sobre lo que había detrás de aquella historia, solo ella lo hacía. Leyó una y otra vez la corta frase y la “J.”, sintiendo como se acumulaba en su pecho un torbellino de emociones, desde el gritar, llorar, hasta el quedarse sentada y no mover ningún musculo, por si aquello era un sueño y pudiese despertarse.
Volvió a la pagina en donde el nuevo capítulo aguardaba por se publicado. Lo guardó en sus borradores, y abrió una nueva entrada:

“”¡¡LO SIENTO!!

Hola mis lectores.
Espero que todos tengáis un fin de semana maravilloso. Esta entrada es
para avisaros que por motivos personales, no podré publicar el nuevo
capítulo de “En tus manos”.
Lo haré en cuanto lo pueda, y siento haceros esperar.

Besos y cuidaros…

PD: J., nunca es demasiado tarde, no si realmente deseas algo…
C.””

Y dio a “enviar”. Se quedó mirando a la pantalla como si hubiese cometido un crimen, y estando a punto de borrar la entrada. ¿Acaso en el mejor de sus sueños aquello podría realmente estar pasando? Tuvo que agarrarse las piernas con las manos ante el temblor que le entró. ¿Y ahora qué?

Jimie aun no creía que lo había echo. Seguramente ella ni lo leería, y si lo hacía, se quedaría mirando a la pantalla sin saber qué demonios había querido decir el tal “J.” . Eso pensaba mientras se mordía las uñas, una tic nervioso que desde hacía mucho había abandonado, pero que la ocasión sacó a flote.
Se levantó con rapidez y se dirigió a la cocina. Bebió un vaso de agua casi de un trago. De pronto su garganta se había cerrado, le costaba incluso tragar.
Volvió al ordenador, decidido a borrar el mensaje. Si, lo haría. Seguramente estaba equivocado en todo lo que pensaba. Pero antes de hacerlo, dio a refrescar la página, viendo entonces la nueva entrada; su boca prácticamente se desencajó al leer lo que discretamente ponía en un Post Data al final; “J., nunca es demasiado tarde, no si realmente deseas algo… C.”, ¿Aquello realmente estaba pasando? Sintió como de pronto cada parte de él se tensaba, cada una de ellas, como respuesta a tan solo imaginarla al otro lado, a pocos pasos de él.
Se dirigió a la puerta decidido, y sin pensarlo apenas, recorrió el rellano en tres largas zancadas, deteniéndose delante de la madera caoba con el dedo preste a presionar el timbre. Pero, ¿y si se equivocaba? ¿y si ella abría la puerta y le mirara sin tener ni idea de qué hacía él allí? Se detuvo en seco, mirando al timbre sin saber qué hacer.

Caroline no podía dejar de temblar. Cuando al fin consiguió tranquilizarse, millones de preguntas la invadieron; ¿y que se suponía que debía de hacer ahora? ¿esperar a que viniera a buscarla? ¡Eres tonta! ¡E ilusa si crees que aquél hombre siquiera piensa en ti!; se contestó a si misma, intentando razonar con su propia cabeza, y auto convencerse de que no era posible.
De pronto sintió como un cosquilleo le recorría la espalda. Era la misma sensación de aquella tarde, cuando creyó estar siendo observada. Sin saber porqué razón, se dirigió a la puerta y apoyando las manos con cautela sobre la madera, como si esa fuera fuego, se dispuso a mirar por la mirilla.

Jimie bajó los brazos, presionando los puños a ambos costados. Siempre supo qué hacer, ¿cuando en su jodida vida una mujer le había intimidado? La respuesta era nunca, pero también lo era, el echo de que ninguna otra antes le había causado tal efecto, tanto deseo que llegaba a nublar su mente.
Estaba decidido a irse, cuando oyó el ruido metálico de la llave deslizándose en la cerradura. Se quedó mirando incrédulo mientras la puerta se abría.

Caroline cogió aire, llenando tanto sus pulmones que creyó hiperventilar. No lo pensó más. Giró la llave y abrió la puerta, tan solo una pequeña brecha, una suficiente para que le dejara claro que podía entrar, y se alejó de espaldas hasta que estuvo contra la pared, observando como esta se abría lentamente.

Jimie se detuvo cerrando la puerta y apoyándose contra ella. Allí, delante de sus ojos, Caroline con aquel vestido que le hacia parecer una muchacha inocente y perdida, movía el pie desnudo sobre el parquet, justo como lo había imaginado, rozando sus uñas rojo escarlata contra la madera templada.
No pudo contenerse más, avanzó seguro y decidido, rodeando con tanta fuerza su cintura y ciñéndola a él, que ella dejó escapar un jadeo en cuanto ni el aire podía correr entre sus cuerpos.
Alzó la mano, rodeando su rostro con dulzura, pero también con rigidez. Era tan masculino, tan fuerte, que con las manos contra el dorso más fornido que hubiera tocado, aferró sus dedos a él ante la tensión.
Jimie movió el rostro despacio, rozando su lengua en los labios de la mujer que le traía loco. Sabía a mandarina, flores y cítricos. El agarre se volvió aun más potente, y sin más preludios, devoró su boca con ambición. El beso era voraz, mezclando sus respiraciones jadeantes a los gemidos que ambos no podían contener.
Dejó caer las largas manos sobre sus hombros, reventando los finos tirantes del vestido, haciendo que Caroline jadeara aun más alto ante aquella muestra de brusquedad y deseo, y sintiera como se empapaba aun más su entrepierna. Quería tenerle dentro de ella. Sentir si todo aquel volumen que notaba restregarse contra su vientre era real.
Con la tela al suelo, Jimie observó los abundantes senos cuyas aureolas rosadas brillaban ante sus ojos. Volvió a besarla, deslizando los labios por su mentón hasta alcanzar así su busto. Saboreó la tersa piel, succionando y mordisqueando ambos senos, mientras ella se contorsionaba agarrada a sus brazos que acariciaban su espalda.
Caroline elevó la manos, apoyándose más contra la pared en cuanto notó como aquella boca voraz y sedienta empezaba a descender por su estomago.
Jimie se arrodilló delante ella, observando la tela color perla que cubría su sexo. Rozando con la punta de los dedos notó como la seda estaba empapada y caliente. La bajó despacio, dejando al descubierto el molde perfecto que la uve dibujaba entre sus muslos. Introdujo la mano entre sus muslos, notando como por estos ya se derramaba la humedad que la tenía tomada. Gruño ante el afán de tirarla al suelo y embestir contra ella con toda la potencia que su erección cobraba a cada segundo.
Alcanzó los pliegues rígidos y candentes, introduciendo sus dedos hasta que alcanzó la protuberancia en llamas. Caroline gritó en cuanto con las decididas yemas, Jimie empezó a presionar y estimular su centro. Asió las manos a sus hombros mientras él recorría sus muslos con la lengua y sus dedos jugueteaban como si conocieran a la perfección como volverla loca de placer.
Jimie la miró a la vez que seguía acariciándola. Quería observar su rostro, la excitación en ella. Ella bajó la mirada encontrándose con la de él, que parecía emitir ondas de deseo desde sus verdes retinas. Sonrió de un modo que ella creyó que se caería sobre su peso. Descendiendo su mirada a su mano que seguía jugueteando en ella, acercó decidido la boca, rozando con la lengua el lugar que ocupaban sus dedos, y introduciendo uno de ello en su interior. Él jadeó en cuanto las paredes ardiente se cerraron alrededor de su dedo con tal solo imaginar aquella tensión y estreches sobre su miembro. Movía su lengua de manera sedienta, sorbiendo el sabor dulce que tenía, mientras su dedo se deslizaban en su interior con movimientos cada vez mas rápidos. Introdujo uno más, sintiendo como apenas podía hacerlo. Aquel cuerpo parecía apenas tocado por nadie, y desprendiéndose al fin de la prenda que oprimía su dolorosa erección, dejó al descubierto el miembro tan excitado como nunca antes.
Tan solo rozó con la mano, y estuvo seguro que se derramaría allí mismo si llegara a tocarse. Seguía succionando y penetrándola con sus dedos, intentando controlarse y no correrse allí mismo.

No podía aguantarlo más. Se levantó rápidamente hasta que su boca estuvo a la altura de la de ella. La elevó por la cintura, para así tener sus labios a la altura de los suyos. Caroline deslizó la lengua por la boca Jimie que estaba empapada de sus fluidos, y haciéndose con su mano, hizo lo mismo, chupando con descaro los dedos que habían estado en su interior. El jadeó al ver aquellos gestos tan picaros y excitantes, y volvió a besarla con afán.
Arqueó su cuerpo. Quería entrar en ella, y lo quería ya. Caroline le empujó por los hombros, haciendo que se tambaleara hacia atrás ante lo inesperado de su movimiento. La miró por un instante con desconcierto, viendo entonces aquel destello de osadía en su mirada. Ella sonrió y acercándose a él, se desvió adentrándose por el pasillo que quedaba a sus espaldas.
La risa juguetona iba indicando el camino que tenía que seguir Jimie, hasta que entró en la habitación donde ella estaba. Tirada sobre la cama, iluminada tan solo por las farolas exteriores, Caroline abrió sus piernas de espacio en cuanto le vio entrar, y empezó a acariciarse delante de él.
Aquello superaba cualquier clase de sueño o fantasía. Aquella mujer se tocaba delante de sus ojos al igual que lo había leído. Se quedó de pie mirándola, observando los movimientos de sus delicados dedos mientras recorría y frotaban su sexo. Él no podía moverse. Sabía que si llegara a tocarse no podría soportarlo.
Ella se detuvo y se sentó en la cama, desde donde se quedó mirándole, y empezó a descender los ojos por el dorso amplio y los brazos tatuados que la volvían loca. En cuanto sus ojos se encontraron con su miembro, no pudo ocultar el gimoteo que nació en su garganta, y como se mordía los labios ante aquella visión. Jimie sonrió y se estremeció ante el deseo que inundó su rostro. Ella miraba sedienta su miembro palpitante mientras no podía dejar de pensar que ni en sus sueño había podido contemplar algo tan espectacular.
Jimie empezó a caminar hacia ella, deteniéndose entre sus piernas que estaban caídas por el borde de la cama. Sentada, deslizó las manos por su abdomen, por cada musculo hasta que alcanzó la rigidez de su entrepierna. Miró jadeante al glande hinchado y rozado que tenía delante, como este palpitaba en movimientos involuntarios casi pegado a su barbilla. Lo sostuvo con firmeza, sintiendo como Jimie se revolvía ante su toque, y como el gruñido que se habría en su pecho hacía estremecer sus entrañas por el deseo de tenerle dentro. Sin apartar sus ojos de los de él, alcanzó con la punta de la lengua la carne rígida y férrea, deslizándose por ella, como si fuera una delicia culinaria. Recorrió con sus labios la excitación que brotó suavemente de su miembro, y lo rodeó con la boca.
Jimie gritó y se asió a su pelo, mientras ella se deleitaba con el sabor de su miembro. Recorrió con los labios el largo de su erección, hasta volver a introducirlo en su boca. Quería más, quería poder apoderarse de todo él, pero no podía. No cuando era tan erecto y largo, que apenas podía abarcarlo con sus manos.

Jimie agotó el poco control que tenía. Jalándola de los hombros, la tiró hacia atrás en la cama, y empezó a deslizarse por sus piernas, recorriendo su piel con la punta de su tiesa erección. Alcanzó sus muslos y se posicionó entre ellos, mientras su labios subían desde los redondos y cálidos senos hasta su boca.
Caroline se contrajo en cuanto notó la presión sobre su entrada. Jimie se apoyó sobre su manos a ambos lados del rostro de Caroline, y ella escurrió las suyas por sus tensos costados, hasta prácticamente hincar los dedos en su espalda. Jimie empezó a moverse lentamente, intentando adentrar su erección en ella. Era tan cálida, tan húmeda, y la estrechez de su cuerpo parecían devorar lentamente el miembro que entraba en ella con dificultad.
Nunca había estado con una mujer tan sensual, tan sexy y tan dulce a la vez. Sus ojos le miraban anhelando más, a la vez que parecía derretirse bajo el poderío del hombre que la tenía sometida. Era doloroso y enloquecedor, sentir como su cuerpo se ceñía a su sexo de aquel modo.
Caroline sentía como si la desgarrase, como la penetraba con dulzura y violencia al mismo tiempo. Nunca había estado con otro hombre, menos aun uno como él, que decir de alguien con tal poderío.
La estocada que hizo, provocó el jadeo y grito en ambos, mientras conseguía adentrarse más en ella. Sus uñas se clavaron en su carne, y ella le miró con los ojos empañados y jadeando.
—¡Fóllame! —una suplica con deje de orden hizo que perdiera del todo el control.
Embistió contra ella hasta que estuvo dentro de su cuerpo, sintiendo latir su miembro ante la presión de aquellas paredes tan estrechas y firmes, y como empezaban a contraerse a la vez que ella emitía un alarido descontrolado y llegaba al orgasmo de su vida con él dentro sin apenas moverse.
Se tumbó cobre su cuerpo, cubriendo sus labios de besos y caricias, mientras ella gemía y sollozaba. Empezó a moverse con avidez, con la fricción más ceñida que hubiese probado hasta entonces, haciendo que los espasmos de ella se sintieran hasta en sus huesos.
La agarró con fuerza, y empezó a penetrarla con afán, notando como se empapaban de su goce, como el dolor se hacía a cada estocada más placentero.
Jimie se levantó sobre sus manos, y alzando una de las piernas de ella, la puso sobre su hombro sin dejar de moverse. Empezó a deslizar su lengua por su piel, bajando la mirando para contemplar como el delicado sexo engullía una y otra vez su miembro.
Era la visión más ardiente que se podría contemplar. Sus movimientos se volvieron bruscos y penetrantes, soltó su pierna y se agarró a su cuerpo, pegando cada centímetro de piel que tenían, embistiendo y disfrutando de aquella mujer que parecía haber sido echa solo para él, para abarcar su erección con una perfección sin precedentes.
Sintió como si explotara su interior, y con un jadeo ronco y sonoro, enredó sus lenguas mientras se derramaba dentro de ella, y sus piernas le rodeaban evitando así perderse ni un solo milímetro de su cuerpo.

Jimie se despertó con un chasquido compasado que sonaba lejano. Miró a su lado y le embargó la nostalgia, a la vez que sintió helarse su estomago al no verla allí.
Haciéndose con las sabanas, rodeó su cintura, y recorrió el pasillo, acercándose más al sonido de las teclas que sonaban incesables. Divisó su pantalón y el vestido roto en el suelo de la entrada, sintiendo estremecerse todo su cuerpo.
Se adentró en el salón, y allí estaba ella. Tal cual lo había imaginado, sentada en frente al ordenador con los pies bailando sin rozar el suelo. Observó con deseo el reflejo del sol que empezaba a salir y se colaba por la ventana iluminando así sus piernas.
—¿Que haces? —preguntó con la voz ronca ante la excitación que iba en aumento con tan solo mirarla.
—Publicando el nuevo capítulo —Caroline le contestó con la voz dulce.
—¿Puedo leerlo? —empezó a acercarse a paso lento, esbozando aquella sonrisa que la hacía perder el juicio.
—Mejor, si quieres te enseño lo que pone —contestó girando la silla y quedando frente a él.
—No me hagas suplicar —Jimie respondió con picarda, dejando caer la sabana, quedando a la luz su miembro a punto ya de estallar.
Ella tan solo se mordió el labio, y en segundos le tenía encima.

El primer comentario que apareció en aquel capítulo, desconcertó a todos los que lo leían:

“gjwodvd`vbgçuçuçuçubhp´`bk-crbk cbjbm”

Pero no le dieron importancia, mucho menos se imaginarían que las letras salieron de las palmas de las manos de “Amanda”, mientras “James” la tomaba sobre su escritorio.

FIN

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