Bruja

Los ojos dolían y pesaban, notaba los parpados arañar mis corneas al contacto, como si en vez de persianas de piel se tratasen de hierros metálicos, con cierres alambreados. Me rodeaba una espesa nube, esa niebla que caracterizaba la época del año en la que nos encontrábamos. El invierno crudo y febril que helaba los huesos estaba aclarando mi mente después de lo aturdida que me habían dejado los golpes recibidos por la muchedumbre.
Tenía pelo pegado al cráneo y revuelto, aun se despertaban en mi las ganas de vomitar al recordar los escupitajos llegarme de todas direcciones, impactándome en el cuerpo casi desnudo, desprotegido ¿Dónde estaba ahora ese al que había entregado mi vida? ¿Dónde estaba aquel que había jurado protegerme y cuidarme el resto de mis días? Esperaba que se encontrara lejos, muy lejos de aquí y a salvo.
La respiración era tarea difícil y compungida, me dolían las costillas, seguramente tendría alguna rota, pero era tal el abotargamiento que no podría decirlo con seguridad.
Aunque ahora estaba sola, podía recordar y oír todavía en mi cabeza esos gritos desgarradores, endiablados, voces que me acusaban en pos de una muerte pronta y deseada por las malas bestias que me tenían aquí atada.  
Había tenido tan solo un día de dicha en mi vida, después de interminables horas, días, meses y años de sufrimiento, un solo día era lo que me llevaría a la tumba, ese único recuerdo de su cuerpo sobre el mío, su aliento en mi boca y su amor cubriéndome. Hacía que todo mereciera la pena, que todo careciera de importancia hasta ahora.
Pero un solo día era poco, algo insignificante para lo que mi amor se merecía, para lo que yo tenía que ofrecer, lo que tenía que darle, lo que poseía.
Una ráfaga de viento impactó brusca contra mi cara, parecían cristales que flagelan la carne ya dañada, un soplo que me sacó de mis ensoñaciones y me devolvió como jarro de agua fría a la realidad de este mi último día.
Mis oídos no captaban bien el sonido, era como tener la cabeza dentro de un cubo metálico, los tenía encharcados de sangre que los golpes en las últimas horas habían dejado en mí. La verdad es que no me dolía nada, podía evadirme, despegar la imaginación, volando hasta sus brazos ilusorios, esos que me habían dado calor horas atrás.
Una comitiva de personas ataviadas con túnicas oscuras debatía mi futuro y por lo tanto el veredicto de mi condena, una muerte anunciada en toda regla. Se aproximaron hasta el patíbulo al que me encontraba encadenada con dolorosos amarres de espinos que mutilaban mi piel. Aquellos cinco hombres de capas negras me miraron fijamente, con sonrisas asqueadas al ver el estado en el que me habían dejado, llena de sanguinarias pinceladas en la piel expuesta.
Escudriñaban mi mirada aturdida, supongo que esperando ver algo de arrepentimiento en ella, pero yo no había echo nada malo como para arrepentirme. Las acusaciones que se me imputaban eran simples y vanas mentiras.
— ¡Arrepiéntete de tus actos, confiesa tus pecados y te daremos muerte rápida, bruja del demonio! — Gritó el que se encontraba en el centro de la comitiva, el portavoz y dueño de la palabra.
No los miré, no quería hacerlo por que no merecían atención alguna. Levanté la cabeza hacia el cielo y cerrando dolorosamente los ojos posicioné una imagen en mi mente, la del hombre dueño de mi corazón. Reí.  
— No pienso darte otra oportunidad. Confiesa y pide perdón o será aun peor_ volvió a exigir el mismo hombre, que frente a la tarima de madera que me apresaba, observaba con lujuria mi cuerpo desecho.
Respiré profundamente. Estaba cansada y necesitaba que todo terminara. Esperaría a mi amor al otro lado, para cumplir con mi promesa de aguardar por él toda la eternidad. Al menos eso me quedaba, él había escapado, viviría hasta que su camino terminara para al fin podernos encontrar. Mi hora había llegado, bajé la cabeza y dejé escapar las lágrimas de emoción que verlo en mi mente me habían dejado.
— Adelante, terminad con mi vida, pero que os quede claro que eso de lo que me acusáis se volverá en vuestra contra. Moriréis con sufrimiento, arrasaré desde el mas allá vuestras cosechas, mataré a vuestros hijos mientras duermen, porque mi ira será imparable. Ahora matadme, no soporto ver la porquería que representáis, no sois más que escoria e inmundicia_ mentí disfrutando de mi última actuación.
Los ojos y rostros allí presentes llamearon, unos de ira, otros en cambio fue miedo lo que sintieron. Hasta ellos mismos se habían creído sus propias mentiras.
Acusaron de brujería a una mujer inocente, que lo único que hizo fue amar con toda su alma al pobre cura del pueblo. Ese al que tenían enclaustrado y amedrentado desde que cuando niño lo encontraran en un camino abandonado. Doctrinándolo como clérigo lo postraron a sus pies sin darle otra opción, manipulándolo a su antojo.
Y es que ese pobre hombre, un muchacho al fin y al cabo, conocía todos los secretos de aquellas personas. Para ellos que conociera a una mujer como yo, que le ofrecía la verdadera felicidad, no era lo que les interesaba a este maldito pueblo de blasfemos y asesinos. Así se vivía en la Inglaterra del siglo XVI. Así era como con solo una acusación de bruja y sin tener ninguna prueba de ello,  te condenaban a la hoguera y te despojaban de todo lo que tuvieras.  
— Pues tú lo has querido. Morirás como lo que eres, un ser del demonio. Incendiada viva hasta consumirte en el infierno. ¡Yo sentencio! —  Gritó el supuesto juez del pueblo.
Un verdugo con la cara tapada subió al patíbulo y me desató las muñecas amarradas con espinos. Desgarró la poca ropa que cubría aun mi cuerpo magullado, y quedando desnuda me empujó con brusquedad hasta la pira que sería la ejecutora de mi final.
Volvió a atar mis manos, esta vez al palo central, y rodeó mi cuerpo con una soga gruesa untada de aceite y brea. Luego bajó despacio por la ladera de sarmientos y barro que se postraba a mis pies descalzos. Y cogiendo una antorcha se inclinó para empezar ha prender fuego a la base.
Cerré los ojos con fuerza, ya no había nada que ver. Contenta de saber que mi amado estaría bien, libre al fin de este enjambre de asesinos y prolijos delincuentes, criminales. Para mi eso era suficiente, “él estará bien, él estará bien”, me repetía mentalmente.
El fuego empezó a arder, sentía el calor pero no me importaba, al final no sería una muerte tan lenta como amenazaban mis verdugos, la había esperado peor, solo tenía que rezar por perder el conocimiento lo antes posible. Todo pasaría en cuestión de segundos.
— ¡Bruja!! No solo quemándote cumplirás con tu pena. Abre los ojos y mira lo que tu inmensa maldad ha ocasionado—  resonaron fuertes las palabras en mis oídos casi tapados.
Y al abrir los ojos, entre las llamas que ya se acercaban a mi cuerpo, observé algo espeluznante.  Agonizando al contemplar que mi hombre estaba allí. Tenía la cara compungida, los ojos fuera de la orbitas y el sufrimiento carcomiéndole por dentro.
Luchando por deshacerse de las manos que le apresaban para poder salvarme. Gritaba palabras que entre el chisporroteo del fuego no alcanzaba a entender. Los dos nos debatíamos por correr a nuestro encuentro, forcejeando al amarre que nos tenía cautivos.
¡¡Te quiero!! ¡¡Te quiero!! ¡¡Te quiero!!  
Escupí desde la hoguera, mientras las llamas llegaban hasta mi pelo.
El maldito juez que estaba a su lado esbozó una sonrisa inhumana, levantó una afilada daga y rebanó el cuello del joven cura, dejando caer su cabeza a los pies de la pira que consumía mi cuerpo.

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Al parecer Irene ha vuelto, mi oxidada inspiración ha hecho estragos en mi, se que no es algo muy feliz, pero no todo cambia de la noche a la mañana, así que espero que este relato os haya gustado al menos
Besos para todos, siempre calentáis mi corazón magullado con vuestros preciosos halagos, os adoro mis queridos amigos de camino

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