Continuamos con el siguiente concursante y recordar que las opiniones y comentarios a cerca de los relatos participantes sean constructivos, de buen gusto y con respeto.

En la cabecera del blog encontraréis el resto de relatos ya publicados, por si os habéis perdido alguno.

Ahora a leer y disfrutar

Muchos besos

El rostro de la inocencia (Sokaly)

Las risas y las voces de los infantes flotaban en su cabeza como el vapor de un buen whisky, eran como una droga que lo llamaban y a la vez una maldición que lo obligaban a mantener la vista fija en los correteantes cuerpecitos.
Apertrechado tras la protección del grueso tronco, buscó entre los niños hasta encontrar al objeto de su deseo, tragó sonoramente antes de humedecerse los resecos labios. Era tan hermosa. Le recordaba a las delicadas amapolas, con el precioso rostro sonrojado por sus juegos; pequeña y frágil, como si la más leve brisa fuese a desperdigar sus hojas al viento. Los dedos le picaron deseosos de enredarse en la rubia y rizada melena, tuvo que cerrarlos en un apretado puño para evitar la tentación de echar a andar hacia ella y comprobar su suavidad. Sonrió cuando las fresas de su boca se curvaron hacia arriba y gruñó de pesar cuando acompañada de otra amiguita dejó los pasatiempos y dando saltitos se perdió en el interior del colegio.

Relajó los tensos hombros haciéndolos rotar debajo de la abrigo de cuero y mutó el gesto cuando los huesos de las cervicales crujieron ante el movimiento. Apoyó la ancha espalda contra el árbol y miró el reloj, aún quedaban unas horas para que sonara la campana que libraría a la niña de la prisión de la escuela y la acercaría para siempre a él. Después de semanas de vigilancia, en las que el mundo había girado exclusivamente a su alrededor, sabía que ese sería el día propicio, nadie vendría a buscarla. Por un instante le enfureció el que dejasen que la pequeña de 8 años regresase sola al hogar, pero cuando el corazón le rebotó dentro del amplio pecho sabiendo que gracias a eso sus manos tocarían pronto a su dulce Rebeca, la enajenación desapareció dejando paso a la satisfacción, sonrió ladinamente agradeciendo tamaña negligencia.
Pateó inquieto el suelo aplastando aún más la tierra bajo las grandes botas. Después de todo este tiempo en el que sólo había espiado, era justo ahora que la impaciencia hacia gala. Maldita inoportuna. Incapaz de quedarse parado, salió de su escondite y paseó de un lado a otro, dejando caer rápidas miradas cada vez que pasaba frente a la puerta.
Volvió a la sombra de su refugio cuando los primeros padres fueron llegando para recoger a sus retoños y palpó con las yemas la áspera corteza a la espera del ansiado timbre, sin despender la vista de todos las personas que iban apareciendo en el lugar a la espera de abrazar a sus seres queridos. Su Rebeca también sería abrazada y no estaría sola, le tendría a él.

El estridente sonido fue música celestial para sus oídos y el contemplar como poco a poco todos iban despareciendo sin que ella saliese al exterior, fue como la mejor de las películas. El gran momento se acercaba y los nervios en su estómago se lo confirmaron.
Minutos más tarde, arrastrando la mochila, la vio aparecer, mirando a un lado a otro con su inocente carita se encaminó hacia la derecha dándole la espalda. Otorgándole unos segundos de ventaja, se encaminó tras su presa, si, así era como se sentía, como un hambriento y sigiloso felino, deseoso de calmar su apetito. Sabía que sería castigado, que su conciencia le perseguiría hasta el final de los días, pero era algo que debía hacer pues su alma se lo exigía.
Se embelesó con el rítmico andar y el bamboleo de los gráciles brazos.
Aligeró el paso al verla doblar la esquina para cruzar la solitaria calle que venía a continuación, allí tendría la oportunidad perfecta de abordarla. Con el corazón bombeando por el temor a perderla torció tan rápido que casi se la lleva por delante. La niña se había parado a atarse uno de los cordones de los feos zapatos del uniforme.

—Perdona pequeña ¿te hice daño? —preguntó tomándola de los hombros, mientras la adrenalina le recorría las venas por tenerla tan cerca.
—No, no señor —respondió dando un paso atrás con la vista clavada en el enorme desconocido.
—Me alegro —frunció el ceño al percibir su miedo—. No tienes nada que temer de mí.
—No estoy asustada —murmuró con voz temblorosa.
—Así me gusta, una chica valiente.
—Eso dice mi mamá.
—Y tiene mucha razón. Me llamo Barack —dijo alargando la mano hacia ella.

Observó con deleite como se mordía el labio inferior pensando que hacer y cuando correspondió a su saludo, indicándole su apelativo, se contuvo para no saltar preso de la alegría al rozar por primera vez su suave piel.

—Tienes un bonito nombre, como tú.
—Gracias —musitó avergonzada con la vista baja—. Tengo que irme, me espera.
—Antes debemos hablar. Seguro que tienes sed ¿te gustan los refrescos?
—Sí.
—Bien, iremos a mi casa, está muy cerca.
—No puedo ir, mamá siempre me dice que no vaya con extraños.
—Y una vez más ella tiene razón, sólo que tú y yo ya no somos unos desconocidos, sabemos como nos llamamos.

Volvió a morderse el delicado labio sopesando sus palabras. Un inquietante brillo titiló en los azulados iris cuando los afianzó en los de él.

—De acuerdo.

Rebeca siguió al hombre alto vestido de negro y que le hablaba en un tono alegre. Desde que había estado jugando en el recreo sintió una sensación extraña, como cuando comías algo que te sentaba mal y daba vueltas en el estómago, y continuó al salir del colegio.
Cuando Barack chocó contra ella y le habló, la tranquilidad la invadió sin embargo no supo que hacer ante su ofrecimiento y el escalofrió que la recorrió. Alzando la barbilla decidió acceder, porque nada malo podía pasarle. Parecía simpático y agradable y el que su cara no tuviese ninguno de esos molestos pelos que le salían a los hombres le gustó, además nunca había visto unos ojos grises y los suyos eran chulos, encima tenía un cabello oscuro, largo y brillante, no como el suyo y el de su madre que se parecía a un estropajo muy usado. Quizá podrían ser amigos y compartir los secretos que debió compartir con su papá. Barack se volvió un poco y le sonrió, le devolvió el gesto asiendo con decisión su mano. Sí, él la comprendería.

La mandíbula se le cayó al introducir el pie dentro de esa enorme y elegante vivienda, era como estar dentro uno de esos aburridos cuentos en el que el amor siempre gana y ellos terminan casándose y además olía raro, como a las flores que su vecina —la insoportable señora Thompson— solía plantar en su jardín y que tanto destetaba. Pero le gustaba el contraste que hacía con su imagen, él tan lóbrego y su hogar tan claro, con las paredes pintadas de un blanco puro y los altos techos de un celeste que recordaban al cielo en un despejado día. Sin dejar de mirarlo todo lo siguió a una pequeña habitación donde sólo había dos sillas y una larga mesa de color oscuro, los muros níveos estaban desnudos de cualquier adorno.

—Espera aquí —la voz grave la hizo dar un respingo—, voy a por tu refresco.

Cuando Barack salió, dejó la mochila en el suelo la abrió y rebuscó dentro, una vez encontró el cuaderno y el lápiz, se sentó un una de las sillas a garabatear. Quizá no fuese una buena dibujante como tantas veces le insinuó su profesora frunciendo la nariz, sin embargo era entretenido. El ruido de la puerta al abrirse hizo que volteara la libreta. Su pintura, por ahora, era sola suya, ya tendría tiempo de verla.

Cogió la botella que le tendió y sin desclavar la vista de la extraña mirada con que la vigilaba, la llevó rauda a los labios y bebió con avidez, saboreando el burbujeante líquido que tenía prohibido. Se atragantó y soltó el envase que se estrelló rompiéndose en mil pedazos cuando, tras quitarse el abrigo de piel, se dio la vuelta. Barack tenía “eso” prohibido a ambos lados de la espalda, aunque no podía causarle mal alguno tenía que huir. Se incorporó volcando el asiento y corrió hacia la salida.

Sólo le faltaban unos centímetros para llegar a la puerta, estiró la mano hacia ella arañando la libertad cuando su frágil muñeca quedó presa de un férreo puño.

—Sabes que no puedes marcharte ¿verdad Rebeca?
—¡Déjame! —chilló contorsionándose para intentar librarse del agarre.
—No puedo, debo cumplir con mi cometido —indicó llevándola hacia la mesa.
—No, por favor ¡mamaaaá!
—Deja de fingir conmigo —espetó tirando de ella—, muéstrame tu rostro Rebeca—, la sentó encima de la dura madera—, el verdadero.

Como si esas fueran las palabras mágicas la niña dejó de luchar, mientras sus retinas se volvían de un rojo intenso destellando con tal fuego que si hubiese sido un simple mortal ahora yacería a sus pies convertido en un montón de cenizas.

—Muéstrame tú el tuyo puto ángel —gruñó con un tono que más bien parecía salido de ultratumba—. Necio ¿acaso crees que me podrás mantener encerrada mucho tiempo?

Barack desplegó sus alas, el nevado plumaje brilló en todo su esplendor bajo los rayos que se filtraban por la ventana.

—Sabes que mi propósito no es ese —dijo tumbándola y posicionando la mitad de su cuerpo encima del suyo para que no se escapara—, mi función es exterminar la maldad, no retenerla.
—Tu no puedes matarme, estúpido —rió el monstruo que se debatía bajo él—, sólo la sangre puede acabar con la sangre.

Las palabras le lanzaron como si fuera una ventosa tormenta al pasado, al mismo instante en que se dejó llevar por la pasión cayendo en la tentación por primera vez desde que existía. Brenda. Cerró los párpados y se dejó arrastrar por la vorágine de los húmedos besos lacerando la piel de su cuello. Percibió el escalofrío recorriendo su columna y cuando la abrasadora boca se lanzó a por la suya, la abrió permitiendo la entrada de la traviesa lengua que le hizo perder la razón. Los latidos de su corazón se desbocaron y la sangre corrió por sus venas en una galopada sin fin. Todo desapareció excepto los entrecortados jadeos que exhalaban con cada ardiente toque, el roce de los sudorosos cuerpos y el oleaje que se apoderaba de él con ondas cada vez más intensas. Enredado entre las suaves curvas y de mano de aquella hermosa mujer había sucumbido y conocido el placer. Y ahora allí mirándolo con los infernales orbes desencajados yacía el fruto de su debilidad, el engendro de su pecado.
Con decisión, sacó del bolsillo trasero de su pantalón unas cintas y se dispuso a atar los finos miembros del demonio que se retorcía tratando de escapar, el nombre de Satanás brotó de entre sus labios cuando los punzantes dientes se le clavaron en el hombro y de su carne fluyó un riachuelo del escarlata flujo. Haciendo caso omiso del dolor, deslizó las ataduras por sus muñecas y la sujetó firmemente a las patas del mueble, una vez las manos estuvieron inmóviles bajó e hizo lo mismo con las piernas. Se incorporó pausadamente y contempló el producto de su desliz con la pérfida Szepasszony. Por fuera era tan hermosa que su alma lloró apenada sabedora de que por dentro era un ser putrefacto.

Rebeca volvió los ojos, de nuevo azules y de mirada inocente, suplicando. Sin pretenderlo dio un paso hacia ella y acarició las suaves mejillas con los nudillos, mientras el corazón le sangraba de dolor por lo que debía hacer. A pesar de todo, del abominable ser en que en pocas jornadas se convertiría si la dejaba vivir, la amaba.

—Libérame —musitó con el tono más dulce que jamás había escuchado—, no puedes lastimarme, pero yo si puedo hacerte poderoso, únete a mi y te haré príncipe de mi reino.
—Soy feliz siendo un mendigo —murmuró sincero.
—¡Maldito seas! —gruñó lanzando un escupitajo que le alcanzó de lleno—, cabrón, disfrutaré arrancándote las tripas con mis propias manos y echándolas a los perros—, carcajeó enloquecida mientras un azufrado hedor tomaba posesión de la estancia—, tus órganos me servirás de alimento.

Limpiándose con el dorso el pestilente salivazo se giró encaminándose hacia su gabán, con calma sacó la daga serrada del bolsillo y acarició la dentada hoja lentamente, antes de voltearse y regresar de nuevo a su lado. Levantó el resplandeciente puñal mientras susurraba un suave cántico con los ojos cerrados.

—¿Piensas que me harás daño con ese palillo? ¡No tienes poder alguno!

Elevó los pesados párpados y fijó los clareados orbes sobre su hija, una única lágrima descendió por su pómulo abrasándole la piel mientras con fuerza descargaba el acero sobre el tierno pecho.

—Tengo el poder que me otorga el ser tu padre —bramó mientras la cálida sangre bañaba su mano—. Yo Barack hijo de Ansel, te maldigo a ti carne de mi carne y te ordeno que regreses al mundo de tinieblas al que perteneces.

Un poderoso haz de luz rezumó a través de la lacerante herida obligándole a apartar la vista. Su mirada recayó sobre un pequeño cuaderno. Sollozante se agachó y su alma se partió en mil pedazos al visionar lo que en él se perfilaba. Sobre un fondo en blanco había dos figuras, uno vestido de negro y otra baja y debajo de cada una de ellas unas palabras, Barack y yo. Sin soltar el boceto fue hacia el cadáver de su pequeña, con los ojos cuajados de humedad soltó las amarras y la estrechó contra él cubriéndolos a ambos con sus alas, mientras entonaba una conocida nana. Aunque era su deber, luchar contra el mal y vencerlo, no podía evitar que el dolor le desgarrase. El bien debía prevalecer sobre el maligno, aunque este se presentara con el rostro de un querubín y la inocencia de un niño.

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