Os presento con toda la ilusión del mundo una nueva historia de mi autoria.
“En tierra de confidentes” genero “fantasía épica”, algo que es la primera vez en la que me adentro, espero que os guste.
Mi querido amigo Marcos, que es un encanto, me hizo la portada de esta gran historia, gracias cariño mío, eres un amor, te ha quedado inmejorable y muy acertada.
Esta mini novela constará de tan solo nueve capítulos, y publicaré uno por semana para los que queráis seguir la historia.
Como veréis son capítulos cortos y os aseguro que con muchas intrigas, acción y sorpresas.
Gracias por vuestra confianza y espero os guste.

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En tierra de Confidentes

Parte I

Las noticias decididamente no eran buenas, Gostrich esperaba atento y expectante por una contestación de la Sacerdotisa Airuin, ahora absorta en sus pensamientos, quizás buscando algún recuerdo lejano; su color de piel había bajado de tonalidad, convirtiéndose en un blanquecino enfermizo, y la expresión de sus ojos era desoladora, sí, definitivamente estaba muy preocupada.

Airuin era una bella mujer de rasgos humanos, alta y con prominentes curvas en su cuerpo, de pechos generosos y caderas anchas a la vez que proporcionadas. Su cabello oro caía sobre los hombros; fino y sedoso, con descaro cruzaba su frente, reposando sobre unos ojos verde tibio y de mirada penetrante.

El sirviente carraspeó dudoso y ese ínfimo sonido sacó de sus cavilaciones a la mujer, que enseguida fijando la vista, ordenó que prepararan su montura para partir a lo que sería una batalla en toda regla.

Él, la única persona por la que daría su vida sin meditarlo siquiera, estaba en peligro. Encerrado y prisionero a manos de su gran enemigo, y bien sabía ella que todo se debía a un ajuste de cuentas, ojo por ojo y….
Maldijo al cielo. ¿Cómo un guerrero de tal envergadura había sido apresado con tanta facilidad? Esa pregunta resonaba en su cabeza, mientras con grandes zancadas abandonaba el interior de su fortaleza.

Estaba segura de una cosa, el maldito señor de la guerra, aquel que se hacía llamar Imperiador, había encontrado al fin su único punto de debilidad, atacando en el centro de su corazón con el secuestro del valeroso hombre del que ella dependía, amigo y compañero, lo único indispensable que poseía, su confidente el gran Guerrero Dokan.

Y aunque se devanaba los sesos para descifrar de qué forma el Imperiador había podido atrapar a dicho guerrero, no la encontraba. “¿Qué ha pasado Dokan, para que te tengan preso y retenido?”. Se cuestionaba la Sacerdotisa.

Jamás nadie consiguió tal hazaña, claro que jamás nadie tampoco se había atrevido, pensó; ella, Sacerdotisa de las tierras nobles de Anteón, poseedora de toda la extensión del Sur del Reino de Krond, daría con su amigo y mataría a todos los que se hubiesen atrevido a poner un solo dedo o garra sobre él.

Dokan siempre había morado al norte del Reino, lugar donde la Sacerdotisa le destinó, para salvaguardar la zona y así estar mejor informada. Él era un nómada en cierto modo, pero la comunicación que tenían era prácticamente a diario, la Sacerdotisa entre sus dones tenía esa dote, la de poderse comunicar con él con total claridad en cualquier parte del reino, por muy remota que se encontrara. Sentir que su amigo llevaba más de dos días sin dar señales de vida, la había preocupado. Decidió pues mandar una tropa de adalides en su busca, de la que solo regresó uno para darle la nefasta noticia, Dokan había sido apresado.

El dragón que escogió para su viaje era uno de los más veloces, aunque su fuerza dejaba mucho que desear, pero a la Sacerdotisa Airuin solo le importaba llegar lo antes posible, a lo que estaba segura sería una emboscada.

Durante todo el camino siguió absorta en su intento de contactar con el guerrero, pero su confidente no parecía escucharla y eso la dejaba cada vez más ansiosa y preocupada. Fustigó violentamente al animal y este con un seco graznido, alzó el vuelo y rebasó en velocidad la luz y el sonido.

Ya se podían ver las torretas del castillo, antesala del las tierras del maldito enemigo, una atalaya gris y desprovista de vida, donde orcos de los más repugnantes aspectos custodiaban y defendían al maligno Imperiador.
Pero pronto todo aquello cambiaría, porque ella no era una mujer cualquiera, ella no era una simple Sacerdotisa de tierras medias; era la gran y majestuosa Airuin, temida y venerada por todos los habitantes del reino de Krond.

Como si de una diosa se tratara, bajó de su montura y se aproximó escoltada por una comitiva de no más de cuarenta guerreros, hasta las puertas del castillo, donde cinco orcos de dudosa inteligencia los recibieron.

_ ¡¡¡Entregadme al prisionero o conoceréis la ira de la que soy poseedora!!!_ Dijo en tono calmado pero alto.

Los orcos no contestaron, se hicieron a un lado y dejaron vía libre a la mujer y su prole; descubriendo ante ellos un desolador lugar de muerte y destrucción, donde los cadáveres y la putrefacción ocupaban cada rincón del recinto. El lugar tenía una extensión descomunal, cruzándolo Airuin con paso firme hasta llegar al final, donde les esperaba otra entrada custodiada.

Sin bajar la cabeza en su avance, sabía que quizás la recibirían violentamente, pero ella ya venía preparada para cualquier cosa que se le pudiera presentar.

Al llegar al fondo del gran patio central, una comitiva de seres repugnantes y grotescos los cortaron el paso, entendiendo claramente que eran los encargados de negociar la palabra del Imperiador, por ello también de ser los primeros en morir bajo sus manos.

_ Lo dije una vez y no lo volveré a repetir, dadme al prisionero que retenéis o llegará la destrucción a vuestros días_ dijo aún calmada

Su cuerpo gritaba por demoler todo a su paso, si realmente le habían llegado a ocasionar el más mínimo rasguño a su amigo…

Sacudió su cabeza para poder calmarse e intentar como en un principio había planeado, cumplir su misión de rescate con paciencia y diplomacia. Pero ver aquellos gestos de burla frente a ella le estaba empezando a sacar de sus casillas. Pronto todos acabarían con sus tripas por el suelo, era algo inevitable.

Sin nadie mediar palabra, una bola de fuego cayó del cielo, en la dirección donde la Sacerdotisa y su grupo de hombres se encontraban.
Airuin levantando la mano, paró la bola a más de cinco metros sobre sus cabezas y con un gesto de indiferencia la lanzó contra la fila de orcos que antes los habían recibido dándoles paso al castillo, e inmediatamente ocasionándoles la muerte.

Los seres que todavía seguían frente a ellos, por un momento tornaron sus gestos divertidos a una patente preocupación.
Y acto seguido se batieron en retirada, gesto que interpretó Airuin como el fin del diálogo amistoso y calmado.

La guerra acababa de comenzar.

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La semana que viene más.
Vesos con “v” para que os duren todo el dia (se que así duran y se conservan mejor)

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