Autor de la imagen Marcos DK

En tierra de confidentes Capitulo 4

Dokan tenía esa sensación en su nuca, como si alguien o algo ejerciera en ese punto una fuerza que le obligaba no solo a permanecer de rodillas, postrado delante del miserable Imperiador, si no que además le obligaba a mantener la cabeza gacha con la mirada al suelo, humillante.

La voz del oscuro ser resonó profunda y golpeó las paredes y columnas del salón, provocando con ello que todo retumbara, aunque bien sabía el guerrero que si fuese su voz la alzada, se escucharía aún más grave y potente. Mantuvo la calma y dejó de resistirse a la magia que le tenía allí postrado, al ver que en absoluto funcionaba oponer resistencia. Planearía pues otra forma de escapar de su encierro, primero debía averiguar cuales eran las armas mágicas que poseía el ser que tenía delante de él.

El Imperiador era una bestia, un animal sanguinario, con un aspecto digno de temer, media dos metros y medio de altura y su piel era de un gris oscuro ceniciento, con venas negras tras una piel traslucida; poseía una corta e intimidante cornamenta, que por otro lado hacía que Dokan se sintiera feliz de poder llamarlo cornudo, en la futura conversación que ahora tendrían, pero aunque su aspecto musculoso y grotesco pareciera digno de alguien sin cerebro, no estaba más lejos de la realidad. Muy por el contrario a los ineficaces y limitados que eran sus siervos, él era un ser de inteligencia palpable, por ello que había sobrevivido en este mundo de magia y hechicería, un mundo lleno de prodigios y seres sobrecogedores. El Imperiador poseía un pequeño don, insignificante quizás, pero al ser fusionado con su inteligencia y su bárbara figura, era coctel perfecto para entregarle todas las victorias que había necesitado para construir su imperio.

Ese don o poder, era la sugestión, podía convencer a casi cualquiera (que no tuviese mucho cerebro) que lo correcto era morir salvándole la vida, así había conseguido que el mundo de los orcos y seres extraños que le respaldaban, le siguieran como corderitos al matadero. Este don, era de vital importancia cuando uno de esos descerebrados tenía a su vez algún tipo de habilidad o dote; ya que de esta manera el Imperiador se apoderaba de ello volviéndolo propio.

Una mujer bella, de piel blanca y cabello ausente, de estatura pequeña si la comparabas con su amo, posaba siempre a su lado; su nombre Kiinha, poco inteligente si, pero su naturaleza la otorgaba un poder en lo referente a la brujería y las artes oscuras, que hacían las delicias de su dueño y señor. Nadie excepto él sabía con exactitud hasta donde podía llegar la hegemonía que poseía la tal Kiinha, pero se sabía que gracias a ella había conquistado y devastado tierras enteras en reinos lejanos.

El guerrero levantó lo que pudo la mirada y por el rabillo el ojo la vio, allí estaba ella, con las manos posadas en su vientre y la cabeza agachada, señal de reverencia y subyugación. Unas cicatrices se le dibujaban en la poca piel expuesta; se debería sin duda a no saber callar esa estupida mente que poseía, al parecer con el tiempo había optado por ser sumisa y pasar desapercibida, hasta que el Imperiador la necesitara para alguna misión. Las malas lenguas decían que era también su concubina, pero al verla a su lado, parecía no más que una pobre niña asustada, a la espera de ser rescatada.

_ Al fin tengo el honor de conocer al gran Guerrero Dokan en persona_ dijo su nombre con desprecio_ espero que mis sirvientes te hayan tratado bien. La verdad es que me hubiese gustado matarte nada más llegar aquí, pero creo que eres una carta bajo mi manga muy conveniente como para desecharla tan rápido.

_ No te servirá de nada tenerme aquí encerrado, si es a ella a quien buscas, no la conseguirás jamás_ gritó el guerrero haciendo que su voz, como había predicho, sonara más desafiante y fuerte que la del Imperiador

_ No es solo capturar y matar a tu Sacerdotisa lo que quiero, tengo planes para ella mucho más…. placenteros. Y será sumamente fácil conseguirlos_

Dokan sintió un dolor en el pecho, el solo oír el nombre de su dama en boca de aquel desperdicio, le daban ganas de vomitar. Se contuvo, debía saber el truco que le tenía sometido contra de su voluntad.

_ ¿Se puede saber, ya que mi muerte parece ser inminente, cual es el motivo por el cual no puedo moverme y hacer a voluntad?_

_ Claro, será un placer presentarte a Maztea, la dueña ahora de mi corazón, si es que tuviese uno claro_ dijo el Imperiador señalándose el pecho

El guerrero miró hacía todos lados, esperando ver alguna mujer o en su defecto fémina de cualquier raza cruzar la estancia, pero allí no aparecía nadie.

Las risas de su maldito captor se escucharon entrecortadas, carcajadas repletas de ira. Y Dokan no sabía que esperar, así que solo volvió a agachar su cabeza hasta que el monstruo frente a él, quisiera por fin explicarse. La verdad es que le estaba costando mucho calmarse, pero tampoco podía hacer nada si le habían arrebatado sus fuerzas.

_ ¿No encuentras lo que te muestro? curioso, te lo puse fácil, me lo estoy señalando en estos momentos. ¿No es preciosa? una verdadera hermosura. Ha traído la visión de un futuro muy suculento a mis días_

El guerrero levantó ahora si la cabeza hacia arriba y fijó su vista en el gran pecho del bicho, donde una piedra de color negra colgaba de su cuello, era grande del tamaño de un puño, aunque en un cuerpo tan descomunal, no parecía más que otro abalorio sin importancia.

_ Esta pequeña reliquia es la que te tiene así, sujeto a mis deseos, con ella puedo hacer mucho más de lo que tu Sacerdotisa pueda imaginar. Así que solo he de pensar lo que deseo tener y lo conseguiré sin ningún tipo de esfuerzo. Y lo que ahora quiero es que la mujer a la que amas sea mía para siempre. La poseeré sin delicadeza todos y cada uno de los malditos días que nos queden en esta nuestra eternidad_

Sacó fuerzas de donde ni sabia se encontraban y se lanzó como fiero animal sobre el Imperiador, pero su avance no tardo en ser parado por una fuerza sobrenatural, una que al parecer venía del colgante oscuro de aquella bestia.

_ ¡¡¡Jamás te dejaré tocarla!!!_ bramó_ Y si estás haciendo todo esto por lastimarme a mi, tendrás que saber que entre la Sacerdotisa Airuin y yo no hay ningún tipo de unión_ dijo Dokan mientras se retorcía de dolor en el suelo

_ Oh, claro que si que la hay, una unión que por necios no habéis querido culminar, demasiado legales sois vosotros, demasiado lícitos. Sin saber que la salvación de la tierra depende exactamente de ese pináculo que tanto habéis estado evitando, lo teníais en vuestras manos y lo habéis dejado escapar. Y en ese momento es donde entro yo, que sabiendo este echo no dejaré que os apropiéis de un poder que será solo mío. ¿Verdad mi buen amigo General Slander?_ dijo el Imperiador alzando la voz.

Y allí detrás del guerrero se encontraba aquel hombre vigoroso al que hacía centenas de años que no veía. Las dudas en la mente de Dokan empezaron ha aflorar, las revelaciones que le estaba haciendo el Imperiador, debía constatarlas y verificarlas.

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Desde hace unos días que han vuelto mis problemillas de salud, que además se juntan con un aumento de trabajo (común en estas fechas del año) por eso es que no actualizo el blog como de costumbre, ni paso por vuestras casitas lo que me gustaría. Como auguro un mal fin de semana y ni se si tendré tiempo el lunes, os dejo (y no os acostumbréis) el siguiente capitulo de la mininovela “En tierra de confidentes” que sabéis que su día de publicación es los lunes.
Espero que lo hayáis disfrutado y que vuestro fin de semana sea maravilloso.
Un beso para todos, recordad que os quiere siempre Irene (que melosa se pone una cuando esta pachucha, jeje)

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