Un lugar poco glamoroso

Sentenciada y comprometida conmigo misma, así me encontraba en aquel lugar de paredes verdes y apliques con cierto toque romántico, aunque una buena limpieza de los mismos no habría sobrado, daban luz escasa, la suficiente para no tropezar entre los taburetes que a discreción se repartían por toda la sala, con tapas de tela floreada y estampados en verdes más claros. Mantenía mi bebida aún fría, intentaba que me durara el mayor tiempo posible, así pues la dejaba sobre la mesita metalizada e incomoda que tenía delante apoyada contra la pared de aglomerado, de esta manera mi calor corporal no derretía tan rápidamente los hielos del vaso de tubo. Llevaba bebiendo ginebra Larios desde que tenía memoria, y gracias a ella supongo que aguantaba estar dentro de este tugurio de mala muerte. Miré hacia la barra de bar que tenía en frente, una muy larga de color negro y con bordes metálicos, que daban un aspecto quizás demasiado frío para lo que el lugar requería. El camarero me sonrió sin ganas, demasiadas noches conmigo en aquel lugar y demasiados días pisando aquel suelo de parqué agrietado con manchas de difícil descripción, arañazos a causa del correr de los muebles hacían un dibujo inerte a lo largo de toda la habitación; y al fondo del rectángulo, los baños, uno de señoras, pequeño, angosto y que ofrecía pocas esperanzas de no coger una enfermedad si te sentabas en su inodoro de loza deslustrada. El de los caballeros estaba un poco más cuidado, pasaban a limpiarlo con más frecuencia, supongo que porque tenía más transito. Hacía calor, mucho calor, la ventilación de aquel lugar era nula, no recordaba en años que hubiesen ventilado el sitio, eso hacía que el aire estuviese viciado, con olor a tabaco impreso en la tapicería y sudorosa humedad, a veces tenía que recordarme respirar por la boca, si no quería empezar a dar arcadas con el hediondo olor. Un puñado de moscas entraron acompañando a los dos clientes que acababan de llegar, dejando el lugar aún más inapetente, si eso fuese posible. Uno de ellos se dirigió hasta la antigua maquina expendedora de tabaco y sacó tres paquetes, mientras el sonido de “Su tabaco, gracias” competía con el ruido anodino del hilo musical, con esas canciones de los años sesenta que te dejaban medio alelada y en coma profundo si te concentrabas en la melodía. Ya quedaba poco y necesitaba respirar, hoy la espera se estaba haciendo insufrible, mientras que apuntaba con dedo invisible las filigranas del cuadro más grande de la pared de mi izquierda, contabilizando por millonésima vez los ciento ochenta y siete dibujos que esté tenía. En el mismo momento que la verde puerta que conducía a las escaleras de subida se abrió, respire profundamente, sabiendo que mi suplicio hoy al fin estaba por acabar. Con paso ligero y frotando sus pies por la única parte enmoquetada que tenía el local, ella se acercó a mí. “Ya nos podemos ir” dijo cogiendo su bolso de uno de los ganchos dorados de la pared. La miré de soslayo, sabía que no le gustaba que la examinara después, pero tenía que comprobar que estaba bien. Su labio superior algo hinchado me dijo que no sería seguro la única laceración en su cuerpo, pero era lo que tenía que tu hija trabajara como prostituta en un prostíbulo de tan mala reputación. Pronto conseguiría que lo dejara, o al menos que su próximo trabajo fuese en un lugar con mejores instalaciones.

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Aquí mi relato participante en un concurso, donde se pedia describir un paisaje o lugar haciendolo interesante.
Espero os haya gustado
Besos

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