Despues de los problemas con blogger, y que esta entrada se fuese a la m… os la vuelvo a postear, para que la disfruteis:
Aqui os traigo un relato corto que hice para el 2º concurso de relatos zombis de mi querido blog Infectados, del que soy colaboradora, y donde sus administradores Infectado 0 e Infectada X, son mis chicos y los quiero un montón, ale, ya lo he dicho, jejeje
Espero que os guste mi aportación para el concurso y disfrutéis leyendo esta pequeña historia, un beso para todos.

El árbol del zombi ahorcado

Es curioso cómo un lugar toma protagonismo en la vida de las personas, cómo un paisaje se aferra a nuestras retinas y nos hace recordar buenos y malos momentos.
Para Cler ese lugar carismático era aquella pradera, aquel paradisiaco montecillo de verde y mullida hierba, coronado por un gran sauce de ramas gruesas y adorno putrefacto.
Hacía ya más de cinco años que por el pueblo de Wennitown corría la historia del árbol del zombi ahorcado. Salió en los periódicos aquel suceso, un hombre joven se ahorcó después (dicen) de una mordedura de dichos seres; se puso una soga al cuello, pero antes de morir su cuerpo se transformó quedando colgado de por vida como vulgar manzana podrida. En varias ocasiones había intentado bajarse, pero su escasa fuerza e inteligencia habían obrado en su contra. Las autoridades pensaron en un primer momento bajarle y terminar con su no-vida, pero el pobre muerto viviente no hacía daño a nadie allí subido, así que seguía colgado a espera de un mejor destino, quizás una cura para tal enfermedad.
En un macabro juego Cler y su nuevo amigo Eugene fueron a visitar al zombi ahorcado, pero el paisaje alrededor de aquel ser era realmente sobrecogedor y de una belleza abrumadora, por lo tanto como si de un ritual se tratara, los dos jóvenes terminaron por hacer de aquella pradera y de la sombra de aquel árbol su lugar de encuentro. Con el tiempo la amistad se transformó, dando paso al amor y posterior unión entre los dos muchachos. Quedaban todas las tardes bajo el zombi colgado, leían libros en voz alta y los dos amantes compartían suculentos picnic. Llegó el momento de formalizar su relación y qué mejor lugar para hacerlo que aquel sitio que había visto tanto de ellos.
La boda fue intima, el altar se sitúo a los pies del balanceante no-muerto, y los escasos invitados se fueron acostumbrando a la visión de aquel cuerpo desecho poco a poco.
La vida sigue, continua, la feliz pareja el día de su tercer aniversario quedó bajo su árbol para tomar la merienda como era costumbre, pero ese día Cler llegó antes y tras saludar a su amigo zombi, esté empezó a moverse violentamente, no era la primera vez que lo hacía, pero tal eran los envites y latigazos del pobre, que sus mugrientas ropas empezaron a ceder, y pequeños trozos de tela desgarrada, briznas de carne putrefacta y alguna que otra baba, llovieron sobre la sorprendida Cler que, miraba extrañada el comportamiento exagerado del engendro.
Entre todo aquello que le había caído encima, algo llamó su atención, una especie de papel amarillento y doblado cuidadosamente, que se había deslizado del precario bolsillo del bicho en cuestión.
Era una carta de amor, un pequeño retazo de sentimientos que el anterior hombre que habitaba en el cuerpo del ahora zombi, había plasmado con evidente dolor y lagrimas. En aquel pedazo de corazón de tinta, las palabras vertidas estremecieron a la dulce Cler, que sin poder evitarlo empezó a llorar por la empatía que ahora le causaba el infortunado zombi. Nunca se había planteado el por qué de su decisión para colgarse, suponía fuese por la infección, pero al parecer no había sido así.
Eugene no supo de la carta, Cler la guardó dentro de su abrigo e intento disimular el estado de tristeza que el hombre antes del zombi la había despertado.
Eugene hacía tiempo que notaba algo extraño en Cler, las visitas al sauce se habían multiplicado, mencionaba aquel zombi demasiadas veces en sus conversaciones e incoherentes celos amenazaban con rellenar su sesera.
¿Cómo tener celos de un maldito y condenado monstruo? Se preguntaba Eugene sintiéndose estupido. Pero cada vez lo veía más claro, Cler sentía algún tipo de simpatía por él. Aquel en principio insignificante recelo fue creciendo, enraizándose dentro de sus tripas y turbando su mente, hasta el punto de creer necesario tomar cartas en el asunto. Se desharía de aquella aberración lo antes posible. La noche en la que Eugene tomó la decisión, Cler pronunció en sueños al desecho ahorcado. Sacado de sus casillas el celoso marido agarró un buen cuchillo y fue en busca del desgraciado para terminar con el asunto de una buena vez.
Estando frente a él, comprobó que no podría hacer que su mujer volviera a quererle de la misma manera aunque terminara con la “vida” de aquel ser, puesto que ella sentía algo intenso. Así que acercó su cuello a la visceral y podrida boca del colgado y dejó que lo mordiera fuertemente.
Eugene cayó al suelo, tras varias horas de convulsiones y espasmos, su cuerpo había sido totalmente infectado por el virus, transformándole en uno de ellos.
Encaminó sus pasos hacía su casa, para por fin ver a su querida Cler y ofrecerla su alma. Conforme pasaban los minutos, la necesidad de comerse un cuerpo humano aumentó, decidiendo atacar a varias personas que tuvieron la mala fortuna de cruzarse con él en el camino.
Se desató un gran revuelo a su alrededor y después de varios intentos fallidos por escapar de la muchedumbre, Eugene terminó muerto a manos de las autoridades, unos policías que le desmembraron con hachas y mazas.

_ Tienes que aprenderte primero la letra “a”, no quieras avanzar tan rápido, cariño así no llegaremos a ningún sitio_ decía Cler mirando al zombi colgado con la cartilla de preescolar que sujetaba abierta entre sus manos_ Venga, deja de emitir esos alaridos y empecemos de nuevo, después de tres meses ya deberías saber pronunciar al menos las vocales correctamente_
Y dejando el vaso de leche junto a las galletas de chocolate (su merienda), se dio la vuelta sobre el tapete de cuadros rojos y blancos en el que estaba tumbada, para seguir con la lección logopeda.

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