Autor imagen Marcos DK

En tierra de confidentes Cap 5

El grito que retumbó en la sala no fue de dolor, era frustración lo que emanaba de la garganta de la Sacerdotisa Airuin, había entrado en cólera.
¿Acaso alguien había osado mancillar su cuerpo?

Giró sobre si misma con el arma aún clavada en su costado y miró al agresor con sus ojos verdemiel encendidos, llameantes de ira. Este brujo del demonio sufriría un calvario sin parangón, se dijo orgullosa de saber que así podría hacerlo.

Aquel brujo, el único de los siete atacantes que no tenía barbas violáceas (claro signo de juventud) se encogió instintivamente, repitiendo en voz baja un hechizo de protección que bien sabía no le serviría de nada.
La Sacerdotisa levantó al joven por el cuello, mientras que con la otra mano, la portadora del bastón, se la acercaba al pecho con deliberada ternura, rozándole solo.

_ Te librarás de la tortura que mereces, tan solo porque tengo algo de prisa y obstaculizas mi camino, pero tu agonía después de mi partida será devastadora muchacho_ sentenció la bella dama.

Y del bastón apoyado en el corazón del joven brujo, se desató una fuerza que poco a poco entró en su cuerpo, como millones de insectos que carcomieron su carne y empezaron a recorrerle las venas, músculos y huesos, ocasionando sonoros berridos a causa del tremendo dolor. Airuin esbozó una sonrisa torcida, había cumplido su sentencia y pasados pocos segundos de contemplar su obra, lo lanzó sobre los despojos del resto de sus compañeros muertos. Varias horas de sufrimiento se adueñarían de aquel cuerpo ahora ya incurable, que reposaba sobre el oscuro suelo de aquella cripta.

Los muros claustrofóbicos del interior no tenían nada que ver con el aspecto descomunal de la fachada; allí dentro se respiraba costosamente, los ventanales eran óvalos uniformes de algún material más claro y amarillento, mientras las luces que iluminaban la estancia únicamente eran antorchas de mango largo que colgaban de las paredes, estás permanecían encendidas aún siendo de día en el exterior.

La mujer llamó a sus guerreros, para que la siguieran más allá de las puertas y aunque no conocía bien el interior del castillo podía sentir que Dokan estaba cerca, podía notarlo, él la pertenecía y ella a él, así pues pronto daría por terminada esta tarea sin sentido, con la sangre del osado Imperiador manchando sus manos jubilosas.

Uno de sus sirvientes posó sobre sus hombros una gran capa de tela añil para tapar su desnudez, que ella con extrema rapidez ciño a su cuerpo, atándola en su cintura, dejando la capucha colgar a su espalda.

Hordas de orcos y bestias de clases jamás contempladas corrieron hacia ellos, en marchas descompasadas y poco estudiadas, mientras los adalides que acompañaban a la Sacerdotisa iban terminando con las vidas de sus atacantes sin mayor esfuerzo. Uno tras otro los cuerpos de los sandios regaban el piso que ella con paso firme andaba. Hasta por fin llegar a la que sería la última entrada, el último postigo que la dejara frente al ser al que pronto daría muerte.

Seguía tratando mientras tanto ponerse en contacto con su guerrero, incrementando su don, potenciándole para poder escuchar su voz o que él al menos escuchara la suya. Seguramente la batalla que se había creado en el exterior del castillo ya le habría dejado en claro que ella llegaba en su busca, pero no sentir su voz la hacía poner nerviosa, aunque podía notar que estaba vivo, podía todavía sentirlo.

Alzó su mirada al cielo, topando su vista con agujereadas torretas que contenían guerreros descerebrados, desde aquellos huecos en las atalayas los vigías lanzaban flechas furtivas y de fácil esquivo, mientras un fortín más alto a modo de campanario, daba orden con sus repiques agudos para que alguna ofensiva comenzara.

Un enjambre de gárgolas, las pocas que habían quedado del anterior ataque, bajaron en picado sobre sus cabezas, una ofensiva en apariencia organizada, pero evidentemente inútil. Airuin alzó su voz en un grito agudo, gracias a eso de todos los rincones del castillo aparecieron los dragones que les habían servido de montura para poder llegar hasta allí. Envistiendo a las gárgolas que sorprendidas, empezaban a caer como moscas alrededor suyo.

En un par de ocasiones los cuerpos de dichos animales osaron caer demasiado cerca de ellos, pero la Sacerdotisa con un movimiento ínfimo de su bastón, las lanzaba como arma arrojadiza contra los orcos más alejados de su posición.

Las puertas se abrieron y una nube de polvo blanco salió a través de ellas. Alguien de pequeña estatura se encontraba entre ese celaje, y cuando sus ojos se acostumbraron pudo comprobar que se trataba de la mano derecha de su enemigo, Kiinha, una simple mujer obtusa que fácil se quitaría de encima. ¿Y de esta manera pensaba el Imperiador combatir contra ella? “Al parecer seria cuestión de segundos llegar hasta Dokan” pensó Airuin.

De repente todo se volvió blanco, como si un haz de nieve colmara su cabeza, en medio de tanta claridad vio a su confidente, vio a Dokan postrado en una especie de precaria tarima, con claros signos de maltrato y tortura; aún respiraba. El Imperiador también se encontraba en la visión y acercándose a su guerrero, con una especie de utensilio pequeño y cortante, lo hundía en su pecho rajándole desde el cuello hasta más abajo del vientre, ocasionándole inmediatamente la muerte.

La Sacerdotisa cayó, sus piernas no soportaron tal aberración, era como ver su propia muerte reflejada en el espejo, sentía el pecho hundido, vacío en un momento. Sintió unos brazos agarrarla con fuerza y aunque sabía que eran algunos de sus propios hombres, no pudo evitar soltar un golpe en respuesta, seguramente lanzándolos lejos de su posición.

Los ojos se le llenaron de lágrimas, unas muy oportunas que hicieron que el vil espejismo se apartara de ella.

Y alzando sus manos, profiriendo un grito ahogado y desgarrador de puro dolor, se lanzó contra la que suponía había creado aquellos siniestros espectros en su mente.

_ No querida Airuin, lo que has contemplado no es un espejismo_ dijo calmada la bruja frente a ella_ solo te muestro lo que acaba de pasar dentro del castillo, es una revelación en primicia, ahora ya estas bien informada, tu querido Dokan dejó hace segundos de respirar y siento decirte que la siguiente serás tú y la prole que te acompaña_ sentenció victoriosa Kiinha.

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Sé que no es costumbre, pero tengo a este grupo y en especial esta canción metida en la sesera y como soy muy generosa, quiero compartir mi dicha con vosotros, aqui os dejo esta joyita, espero que tanto el capitulo como el video os gusten, besos de pimiento para todos.

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