¿Sola?

La puerta a mi espalda sonó con el crujir de sus pernos, pero no me sobresalté, eran los sonidos típicos de una casa, una suele acostumbrarse a eso.
El calor de la habitación era asfixiante, me pegaba la ropa al cuerpo y coartaba mi respiración, un olor dulzón y narcotizado venía de la cocina. Sin dar las luces acerqué mis pasos y dejé las llaves en su sitio, la mesita del teléfono.
El olor era cada vez más intenso, hasta que supe con seguridad que no se trataba de un simple habano, si no que había varios productores de ese hedor.
Todo estaba demasiado en calma, un sonido irreal de respiraciones contraídas; no estaba sola y quien me acompañaba no quería que yo lo supiese.
Caminé despacio, no tenía miedo pero sentía respeto ante la posible visita.
Al entrar a la cocina noté que en la encimera las cosas estaban fuera de su lugar.
_ ¿Quien esta ahí?_ Pregunté algo incomoda.
No hubo respuesta.
En la alacena tampoco había nadie y mis acompañantes eran más de una persona, estaba segura.
De repente un ruido hueco y sordo me sobresalto, y otro nuevo olor me hizo ponerme en tensión y alerta. Saqué uno de los cuchillos del segundo cajón y lo empuñé con fuerza, blandiéndolo en el aire, premeditando un ataque a mi futuro agresor.
Caminé despacio por el pasillo, lo más cerca que pude de la pared derecha.
Había dejado mi arma habitual en la entrada y ahora me golpeaba mentalmente por haberlo hecho. Pero si me quisieran atacar suponía que no hacia falta que esperaran mucho más, así que con mucho nerviosismo seguí mi avance.
_ ¿Hay alguien por aquí?_ grité más fuerte.
Mis ojos no me dejaban llorar, pero ese escozor que se avecina cuando esto esta apunto de suceder, ya me atacaba, me incomodaba.
Entré en el salón y millones de olores me sobresaltaron, una mezcla que para poderlos diseccionar tardaría algún tiempo. El más potente era a humanidad y presencia extraña.
_ ¿Quiénes sois?_ grité con furia mientras rodeaba la opaca estantería que me dejaría en mitad del salón
Noté su cercanía en la oscuridad y rápidamente hundí mi cuchillo allí donde el calor corporal se hacía patente, en las tripas de mi atacante, al mismo tiempo que mis oídos recibían un grito al unísono, fuerte y enérgico.
¡¡¡Felicidades!!!
Gritaron decenas de voces que me hicieron pegar un brinco hacia atrás, soltando el cuchillo allí donde lo había dejado clavado.
Unas manos me sujetaron por la espalda y mi cuerpo inconscientemente se alejó de ellas.
Más gritos ensordecedores llenaron la habitación.
_¡¡Le ha matado!!_ se oía al fondo de la sala.
Definitivamente mi marido había descubierto de la peor manera, que así no se debe sorprender nunca a una ciega.

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