Autor imagen Marcos DK

En tierra de confidentes Cap 7

La sacerdotisa siguió su avance, sin importarle lo que aquella calva del demonio dijese, ella sabía que su guerrero estaba aún vivo, aún podía sentirlo, sabía que lo que había contemplado eran solo artimañas ilusorias de la bruja que tenía frente si.

Estando ya cerca de Kiinha dio su golpe de gracia para terminar con su vida, pero sin saber como, esta se materializo en otra zona del panteón, a unos cinco metros de la posición donde había estado hacía nada. Eso desconcertó a la Sacerdotisa, pero no iba a frenarla en absoluto, así que dirigiendo de nuevo sus pasos hacía ella, volvió a levantar el bastón y con un haz de luz, impactó sobre la mujer que parecía una escurridiza lagartija.

La explosión rebotó en la pared, creando un agujero de gran envergadura; al posarse la nube de polvo que se había levantado, el cuerpo de Kiinha no estaba allí. ¿Cómo lo hacía? Se preguntó Airuin.

La veía cambiar de posición con extrema velocidad, a veces ni podía seguirla con la mirada y esto ya estaba terminando con su paciencia.

Cambiaria de táctica. Cerró los ojos, se concentró en todo lo que la rodeaba, sus guerreros ya conocían esa expresión, así que no tardaron ni un segundo en abandonar la sala, retirándose al exterior, la cosa se pondría fea allí dentro.

De todos y cada uno de los poros del cuerpo de la Sacerdotisa, salió una fuerza en forma de bruma azulada, un resplandor lento que cegaba. Esta fuerza se fue propagando por toda la estancia, llenando cada rincón y hueco de ella. Una vez colmada la habitación de esa potencia añil, eclosionó, reventó e hizo saltar en pedazos todo lo que en ella había, incluida claro esta la pequeña mujer que no hacía más que cambiar de posición intentando escapar del ataque, cosa que en este caso no la servía de nada.

La Sacerdotisa estaba algo aturdida, esa manifestación de poder era exagerada para terminar con un solo ser y además tan desprovisto de cerebro, pero le había sacado de sus casillas y la paciencia por encontrar a Dokan, desaparecía por completo.

Kiinha estaba tendida en el suelo, mientras que costosamente intentaba respirar. Al acercarse Airuin a ella, notó algo raro, está estaba sonriendo, cómo si le hubiese gustado sufrir tremendo ataque.

Antes de poder destruirla del todo, la mujer se llevó la mano al cuello y apretando con el puño un dije grande y negro que tenía allí colgado, desapareció.

Tanto Airuin como el resto de los guerreros escudriñaron la estancia en su busca, había desaparecido. Hasta que de repente, allí en lo alto de una ancha escalinata, que conducía al piso superior de la fortaleza, se encontraba Kiinha algo encorvada, con evidentes heridas en el cuerpo y  una pose desafiante, invitándoles a que la siguieran.

Y sin ninguna otra pista que seguir, así lo hicieron.

Airuin sabía perfectamente que esa persecución acabaría tornando en emboscada, pero ya la daba todo igual.

Al llegar a unos portones enormes y metálicos, los vio cerrarse inmediatamente tras la entrada de la bruja.

Estaba a punto de abrirlos cuando notó que sus guerreros no se encontraban con ella, estaba sola. En un primer momento se preocupó y pensó dar media vuelta e ir en su busca, pero al oír la voz de Dokan llamarla desde dentro de la habitación, ya no lo pudo resistir más y entró a toda prisa.

El panorama era cuanto menos inquietante. En medio de la sala, de pie y con una pose algo extraña, se encontraba el Imperiador, dándola la espalda. Al otro lado, junto a una especie de trono estaba su guerrero mirándola fijamente. Algo había cambiado en él, puesto que el brillo que desprendía la mirada de Dokan era irreconocible, cómo si algo en su interior hubiese muerto. Preocupada pregunto:

_ ¿Por qué estas aquí retenido Dokan? ¿Qué es lo que te han hecho?_ dijo Airuin percatándose de que no parecía estar atado.

_ Me han tendido un hechizo, mis fuerzas y movimientos han desaparecido. Cariño, debes terminar con su vida, le conseguí drogar y esta aturdido, pero no para de decir cosas descabelladas, ¡mátalo!, ¡mata al Imperiador!_ habló su confidente con tono ansioso.

La Sacerdotisa alzó su bastón para dar el golpe de gracia al Imperiador, justo en ese momento reparó que no estaban solos, otro hombre se ocultaba tras una de las columnas de la estancia. Dirigió su ataque hacía allí y con voz autoritaria, ordenó salir a quien estuviese escondido.

Cual fue su sorpresa al ver que se trataba del general Slander, conocía su aspecto físico a través de imágenes en la memoria de su guerrero.

Desconcertada, así se había quedado, todo estaba resultando de los más extraño.

Acercó su paso hasta el general, apuntándole a la cara con el bastón, ya que el Imperiador parecía no oponer resistencia postrado de rodillas en mitad de la habitación.

_ ¿Y tú que haces aquí maldito?_ cuestionó Airuin con un gesto de cabeza.

_ Su Majestad _ Reverenció Slander _ Me enteré que mi guerrero Dokan estaba apresado y vine para ayudarle a reducir al enemigo, unidos en la lucha como en los viejos tiempos. ¿Acaso cree que no se quienes son mis hombres? Ya quedaron en el pasado nuestras disputas y diferencias. Ahora solo me preocupo por él, quedé tremendamente impresionado al saber que el gran e invencible Dokan había sido capturado. Si no es demasiado tarde, querría disculparme con usted también por aquellos desafortunados acontecimientos. Uno se puede llegar a equivocar en sobremanera, mi reina. Suerte que todo acabo bien y usted no sufrió daño alguno, además de cumplirse así la profecía que dictan las sagradas escrituras, para llegar a estar los dos juntos ¿no cree Sacerdotisa Airuin?_

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Bueno bueno chicos míos, aquí (y ya se que con un poquito de retraso de lunes) el penúltimo capitulo de esta mininovela de fantasía épica, espero que os este gustando, el lunes que viene (si no hay contratiempos) publicaré el ultimo capitulo y el prologo de la historia, que ya os adelanto será muy emocionante y con alguna que otra sorpresa (lo mejor siempre para el final)
Se que muchos estáis esperando que termine de publicar para empezar a leer, bueno, pues ya se acerca la hora, así que id encargando la butaca cómoda y las palomitas (o marca paginas)
Besos enormes y de sabores alocados, que son los que me gusta dar.

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