Para inaugurar el blog con el primer relato a mi vuelta, uno de miedo jejeje Espero que os guste ;D

Compañeras

—No me mires de esa manera, tenía que morir.
Empezaba a anochecer y la bruma detrás del cristal se había disipado por completo. Dentro de aquel apartamento en la séptima planta del edificio Senior, las pelusas aún flotaban en el ambiente. Una temerosa mano tocó el picaporte de la puerta de entrada. Quizás una camarera, la chica de la limpieza en su turno, pero para Maya solo eran problemas.
Cuando ya tenía el cuchillo en la mano, fuertemente agarrado por la empuñadura, el repiqueteo de la manilla cesó, aquel incauto se había librado de ser el siguiente.
—Ya te dije que no me siguieras hasta aquí. Tú más que nadie conoces como suceden estas cosas, así que no me vengas con lágrimas y nerviosismo, ahora no tengo tiempo para tus crisis de ansiedad. ¡¡Cállate he dicho!!
Sin abrir del todo la puerta acristalada del balcón, sacó el cuerpo de aquella mujer desangrada, era pesada, estaba pringosa, a Maya le causaba cierta repugnancia tener que tocar los cuerpos después; una vez fríos ya no tenía la misma gracia.
—¿Sientes lo que yo? — Decía mientras sujetaba las piernas del cadáver por encima de la baranda.
Cada vez que intentaba pensar en cosas bonitas, se le venía a la mente los ojos de aquella perra pidiendo clemencia, suplicando por su vida. Eso era lo que más le gustaba, por eso lo hacía, aunque a ellos les diera otras explicaciones. La satisfacción de sentirse Dios, de saber el momento exacto de la muerte de alguien era sobrecogedora. Sus bragas estaban manchadas, totalmente lubricadas. El cosquilleo entre las piernas otro síntoma propio del momento.
Necesitaba sexo con urgencia, después de terminar un trabajo con éxito las relaciones mejoraban, tenía que darse prisa en salir de allí, antes de que el cuerpo impactara contra la acera.
Miró por última vez la cara de su víctima y sacando desmesuradamente la lengua, le dio un lametón en la mejilla; la mezcla de sal, sudor y sangre se le antojaba suculenta.
— Deberían sacar un helado con este sabor.
No hizo esfuerzo alguno, solo soltó los tobillos de la rubia y rápidamente el exceso de peso tras la barandilla y la gravedad hicieron su trabajo, precipitando el cuerpo inerte hacía el suelo. Lo único que a Maya le frustraba era no poder estar abajo cuando se golpeara contra las baldosas.
Ahora había que correr, el tiempo se acababa, la hora de su reloj de pulsera le decía que otra vez llegaría tarde. Ya había colocado con premeditación las pruebas, limpiado cualquier rastro que implicara su presencia en aquella habitación, y salir por la escalera de servicio con la abultada bolsa le costaría muy poco tiempo. Una salida limpia y efectiva, o al menos eso pensaba Maya.
Llegaba por el tramo de escaleras del tercer piso cuando algo le impactó en la cara, un golpe seco que la dejó caer hacía atrás, sentándola de culo en el rellano.
—Perdone, señorita ¡Oh por favor! ¿Está bien?
El muchacho no podía creer que le pasara lo mismo dos veces, hacía un mes casi dejó sin tabique nasal al mozo de equipajes por correr dentro del hotel. Hoy acudía al aviso de que desde la séptima planta salía una especie de polvo blanquecino, que seguro no era humo, ya que los aspersores de incendios no se activaron, por lo que tenía que cerciorarse personalmente de qué se trataba.
Maya miró al chico entrecerrando los ojos y decidiendo cuál sería la mejor manera de salir de allí. El desafortunado crío se había topado con el peor de los huéspedes del hotel.
Maya se levantó con su ayuda mientras reiteradas veces éste le pedía perdón por el golpe.
—No te preocupes, no me hice daño. El ascensor no funciona y tuve que utilizar las escaleras.
—Es curioso que encontrara las de servicio antes que las de los clientes. Le acompañaré hasta la salida —dijo el empleado mientras recogía la bolsa de Maya.
Ella sonrió, ahí estaba la solución; los hombres son animales por naturaleza, unos ojos claros, oscura melena cuidadosamente peinada y torneadas largas piernas te abrían muchas puertas.
Cuando salieron a la calle, Maya insinuó que si la invitaba a un café sería una buena forma de resarcir su culpa. Por supuesto el chico no lo dudó, encaminando sus pasos hacía la cafetería del hotel.
—Preferiría el bar de la esquina, en la calle, creo que el café que tienen aquí no me sienta bien.
Peter, o ese era el nombre con el que se había presentado, miró a la “top model” que le acompañaba sin creerse que un hombre del montón como él hubiese tenido tanta suerte, incluso le importaba poco perder el trabajo al ausentarse sin dar explicaciones, la cosa pintaba bien y tenía que aprovecharse de la situación.
Por algún extraño motivo que Peter no llegaba a comprender, estaban andando por los pasillos internos de las instalaciones que conducían a la parte posterior del edificio, pero iba tan absorto en lo que su entrepierna pedía que no dio importancia a aquello.
Una vez fuera, en el callejón donde acumulaban los contenedores de residuos, Maya paró en seco y con una pizpireta mirada se acercó a él.
—Perdona pero yo… —intentó decir Peter.
Las manos de Maya se enredaron en la cinturilla del pantalón, adentrando sus dedos con rapidez mientras que los jadeos del muchacho se atropellaban en su garganta.
Maya subió su falda y se clavó enérgicamente en aquel excitado espécimen, mientras que con la mano derecha le tapaba la boca, y con la izquierda agarraba y tiraba fuertemente del pelo de su nuca.
Tras varios minutos de fuertes golpes pelvis contra pelvis, Maya consiguió lo que necesitaba, el orgasmo eclosionó con fuerza y se mezcló con el ruido de sirenas y ambulancias que acudían a la llamada del cadáver en la calle paralela.
Esperó un poco más, le esperó a él. Cuando sus ojos tornaron al blanco y la boca de Peter parecía la de un pez a punto de ahogarse en la orilla, clavó despacio el ya usado cuchillo en su costado, notando como el filo perforaba los órganos internos. Taponó su boca para evitar el grito con un par de bolsas que había tiradas por el suelo.
Maya estaba feliz, no pensó que el premio esta vez llegara tan pronto, pero al parecer lo estaba haciendo bien. Era el segundo de la noche pero se le acababa el tiempo.
Volcó varias bolsas de basura sobre el nuevo cadáver y empezó a caminar con rapidez hacía la salida del oscuro callejón, por suerte enseguida paró un taxi. No le gustaban los hombres calvos, aunque le producían dentera esta vez tendría que conformarse con aquello.
—Deberías haberte quedado en el hotel, ahora me regañaran y tú serás la culpable. Me retrasas.
El taxista la miró de reojo y con un balanceo de cabeza le indicó que ya estaban llegando a su destino.
—Perdone ¿podría entrar por la parte trasera de la iglesia? —Pidió con amabilidad al calvo.
El hombre introdujo el coche por la estrecha calle que le había indicado Maya, al mismo tiempo que ella lo apuñalaba en la garganta con una lima de uñas metálica —ya que el dichoso cuchillo lo había olvidado dentro de Peter—, causándole la muerte en el acto. Por suerte el hombre no pisó el acelerador, de haber sido así el estruendo habría delatado la ineptitud de la asesina.
Salió corriendo de nuevo, jadeante y excitada llamó con los nudillos a la puerta trasera del templo abandonado.
Charlie y su impoluta túnica salieron a recibirla, ignorando Maya la cara de reproche del hombre le apartó de un manotazo y se dirigió hacía la sala capitular; la reunión hacía más de hora y media que había empezado.
Una mesa del siglo XVI presidía la estancia, sobre ella descansaban las tres vasijas que le recordaron que esta vez lo había jodido todo. Le empezaron a sudar las manos descontroladamente y acercándose cabizbaja al Pastor realizó el saludo que correspondía.
—Ya hablaremos de tu tardanza luego. Ahora, ¿dónde están? —Dijo fuertemente aquel hombre exhibiendo su autoridad.
—Yo… yo… es que… lo siento, mi Señor, pero me olvidé de recoger las ofrendas.
—¿Qué clase de elegida de Dios crees que eres? Tan solo se te pide una muestra de tu fe y es así cómo nos pagas el amor que te ofrecemos. Esta vez no serás perdonada, esta vez tendrás que pagar con tu voluntad y cuerpo la desobediencia que has mostrado. Has avergonzado a tus hermanos, a la cofradía entera.
—El ultimo sacrificio le tengo en la calle dentro de un taxi, podría ir y recoger su sangre para…
—¡Calla! ¿Me estás ofreciendo migajas? ¿Le ofreces desperdicios a tu Señor?
—Todo ha sido culpa de ella, me retrasa, me pone nerviosa, la próxima vez deberíais dejarla con vosotros —se explicaba Maya suplicante.
El pastor miró a su derecha y comprendió que ya no tenía solución, las cosas habían llegado muy lejos, por lo que el final que tanto retrasó en el pasado estaba a punto de consumarse.
—Agarradla. Atadla al altar de las bendiciones.
El cuerpo de Maya sintió todas y cada una de las perforaciones que le hicieron, cada trozo de carne que impactó contra sus pies, cada gota de sangre que caliente resbalaba por sus piernas; lo sintió todo.
Sus ojos hinchados buscaron por la habitación, no podía irse justo ahora, pensaba Maya, puesto que ella era la culpable de su mediocridad.
No era justo que en el momento del castigo la puta de la conciencia se hubiese marchado sin despedirse.

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Este escrito lo hice para el concurso de Alfonso Z, no hubo suerte pero sé a ciencia cierta que los demás participantes fueron una maravilla, así que encantada de perder frente a ellos 😀
Espero que os haya gustado, debía ser de terror y me salió un tanto de humor negro, pero ya sabeís, mi cabeza no siempre hace lo que le pido o debería 🙂
Un beso para todos

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