Encontrada

Tenía entre sus manos la carta, no una carta cualquiera, sino la carta que cambiaría su vida para siempre. Recibía multitud de ellas desde que la revista Vogue publicara «sin su consentimiento» su verdadera dirección en un fatídico «pensó entonces» artículo. Ahora comprendía que gracias a ello había conseguido que le encontrara.

[Mi subconsciente me dice que tú serías el idóneo para mí. Imagino mi boca abarcando tu sexo con los labios, dándote el placer que te sumergiría en el nirvana del éxtasis y delirio. Pienso en las veces que tus dientes acariciarían mis endurecidos pezones, con el aspecto que tienen ahora porque pienso en ti: como nudos de globo que exigen ser explorados y humedecidos por tu saliva. Sé que eres el “hombre” perfecto, el que pararía el mundo para no marearme.

Si te tuviera aquí conmigo, nuestros brazos se encontrarían dentro de esta loca esfera que rota sin control, tus piernas se enredarían con las mías en una conexión de órganos hasta perder los sentidos. Te daría placer de todas las formas imaginables, y no pararía hasta ver aflorar tu sonrisa cada mañana. No descansaría hasta conquistar la cúspide de tu apetito, suplicando en secreto no llegar nunca a conseguirlo, para seguir día tras día intentándolo una vez más. Con avaricia apaciguaría el ardor de tus días y el frío de tus noches.
Eres mi futuro y yo tu presente, eres mi suplicio y yo tu aliento. Solo una palabra y seré sierva, súbdita y criada del amo de tus deseos más secretos. Búscame. Yo ya te he encontrado.]

No era lo que ofrecía, sino la manera de hacerlo. Detrás de aquellas palabras se escondía la ferviente mujer que tanto había buscado.

Lastima que tan solo tuviera catorce años.
Pero únicamente tenía que esperar.
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