Un plan poco convencional

— ¿Dónde quieres que te lo haga?
— No sé, prueba a ver aquí.
— Si hombre, ahí será muy evidente, mejor hacértelo en esta zona.
— ¿Para qué, para que no se me vea?
— Pero si te lo hago donde tú dices, creerán que lo haces aposta para que te pillen, que por otro lado es justo lo que quieres. Hay que ver lo retorcida que eres.
— No soy retorcida, y no quiero discutir mis motivos contigo, solo te pido ayuda porque yo sola no puedo, no me siento con el suficiente valor. La última vez que lo intenté quedó horrible.
— No estoy cuestionando tus motivos, solo digo que les harás daño, no creo que se lo merezcan.
— Yo tampoco me merezco la manera conforme me tratan, ahora les toca pagar por sus actos; y a ellos se los pienso cobrar de esta forma. Ahora, venga, no tengo toda la tarde.
— ¿Entonces en la ingle crees que será el mejor sitio? Te costará mucho que se fijen en esa zona.
— No si me ducho con la puerta abierta y cuando me vean, sobreactúo para taparme, seguro que su desconfianza resuelve el problema.
— Pues venga, bájate los pantalones y abre las piernas. Esto te va ha doler.
Magdalena apretó los ojos y cerró los puños con fuerza, clavándose las uñas en las palmas de las manos. Era una idea horrible, pero se intentaba auto convencer de que con ello por fin obtendría lo que quería.
El pinchazo llegó hasta casi el hueso, notó el dolor en toda la pierna y su sexo, estaba segura de que la ancha aguja habría tocado algún nervio, pero no le importó y casi sin aliento pidió con voz entrecortada que removiera dentro de su piel aquel hierro.
Esto no había terminado, solo era el primer día; según su amigo tendría que repetirlo al menos durante una semana para que las marcas parecieran verdaderas, para que no solo pensaran que se había pinchado sin querer con algo, ocasionando entonces una reacción liviana, sin que le prestaran la suficiente atención. Ya que iba a sufrir el proceso, tenía que asegurarse de que fuese lo más creíble posible.
Al llegar a casa, como de costumbre su padre ni siquiera la miró a los ojos, concentrado en el periódico deportivo.
Magdalena sonrió sarcástica. Subió las escaleras hasta llegar a su cuarto y metió la bolsita placebo en el cajón de la mesilla.
“Dentro de una semana si que te fijarás por primera vez en tu vida de que tienes una hija, por fin te preocuparás por mí. Aunque tenga que fingir ser una jodida yonqui”

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