Hola a todos mis queridos amigos, hoy os traigo un proyecto nuevo, en el que mi amiga Larubiadelabici y yo nos hemos embarcado juntas, la idea es la siguiente: hacer una serie de microrrelatos eróticos, ella empezará con éste que os muestro aquí, para mi gusto maravilloso, y después yo continuaré con otro diferente, ya que no son continuaciones, todos serán independientes, pero que nos traerán sensaciones y lecturas muy interesantes, os invito a paladear cada uno de ellos con atención.
Un beso para todos y en especial a mi compañera de camino soleado ;D

 Primer Relato. En el Vestuario (Por Larubiadelabici) AQUI su blog

La empujó con violencia contra las taquillas, tembló el metal a su espalda, se abrieron algunas de las puertas y se cerraron otras. Le bajó el bañador mojado y lo dejó en su cintura, la urgencia de tocar sus pechos, recién liberados, frenó el deseo de tenerla ya desnuda para él, los agarró con fuerza, haciendo cuencos con sus manos, estaban mojados y fríos, los pezones se clavaron en sus palmas, erectos, duros. Él se apretó. Algunas puertas se abrieron, otras se cerraron.

Ella suspiró, entornó los ojos, abrió la boca, él la cerró con su lengua, lamiendo deseo, empujó su pecho contra el cuerpo de agua. Tembló el metal, se abrieron algunas puertas, se cerraron otras. El beso apagó las luces de la consciencia y encendió las del placer, unas manos pequeñas, húmedas, se arrastraron por su espalda, el rojo de sus uñas se clavó en sus omóplatos diciendo: fóllame!!, fóllame!!

Soltó los pechos, bajó el bañador con trabajo, demasiado mojado, demasiado pegado, tuvo que agacharse para acabar de apartarlo y se quedó allí, con la cara a la altura de su sexo empapado de agua y de lo otro. Lo besó, empujándola de nuevo. Temblaron las taquillas, unas puerta se abrieron, otras se cerraron. Subió las manos por sus piernas mojadas, mientras su lengua pintaba frescos en su clítoris, ella echó la cabeza hacia atrás y sus rizos se estamparon contra el gris metálico, llenándolo de agua, tembló la pared, unas puertas se abrieron, otras se cerraron, hundió los dedos finos en su pelo, abrió las piernas, elevó las caderas, las movió a ritmo sobre su boca hasta que suspiró goce.

Sintió su placer en la lengua y en los labios, casi oyó las contracciones de su vagina, ella se dobló hacia delante y se abrazó al cuerpo arrodillado, unos segundos, un par de minutos para sentirlo bien, él le dio otro par para recuperarla, después, se incorporó y la giró. Miró su espalda, sus hombros redondos y torneados, su cintura estrecha, su puerta de atrás, marcó allí círculos con la yema de un dedo y la piel le abrió paso, con pasaporte en una mano y mástil en la otra, se adentró en su zona oscura. Enganchó las manos a sus suaves caderas y empujó. Envistió. Entró. Salió. Volvió a entrar. El metal tembló, unas taquillas se abrieron, otras se cerraron. El placer le alcanzó muy adentro y lo acompañó de un grito sordo, profundo y guerrero, se desmayó despierto sobre su espalda y besó cuello con cloro. Esperó a que sola saliera, acarició por última vez su cuerpo mojado y dejó un susurro en su oído: “Buenas noches, qué descanses”

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