El vestuario “versión extendida” Por Larubiadelabici

Se acomodó en una silla de plástico al borde de la piscina y abrió el periódico, dirigió la mirada al reloj blanco y redondo que tenía enfrente. Las diez menos cuarto, en poco más de una hora estaría apagando las luces y marchándose, el portero le había pedido que cerrara , en vistas del panorama desolador, ¿para qué iban a estar los dos allí?
Comenzó a leer, no había nadie en el agua, los días previos a las fiestas siempre ocurría lo mismo, la gente andaba preparando el pavo, solo tenía que vigilar los ruidos que pululaban por la gran piscina cubierta, leves, lejanos, todos ampliados en alguna medida por un eco con sabor a cloro.
Silencio caliente hasta que entró ella haciendo resonar sus tacones en el vestíbulo vacío, traspasó la cristalera y dirigió el toc toc hasta el vestuario femenino, traje negro, medias finas, zapatos sofisticados, “alta ejecutiva”, cargaba una mochila al hombro que desentonaba con su vestimenta y un abrigo largo, con pinta de ser caro, en el brazo. Una mujer de impresión.
La perdió tras la puerta, arrastró los ojos por la pared para detenerlos en el reloj y siguió el minutero hasta que volvió embutida en un traje de baño que dejaba ver hasta el fondo de su ombligo. Un pequeño golpe de calor le afectó a la entrepierna. Inevitable.
Bajaba la escalera hasta las duchas, gorro de latex y las gafas en una mano, lo buscó al otro lado de la piscina para hablarle sin palabras, “Estamos solos tú y yo, ¿me dispensas de ponerme esta cosa horrible en la cabeza?”. Asintió con una sonrisa y otro golpe de calor, esta vez de consecuencias más graves, le punzó bajo el ombligo, quería tocarse, recolocar, apretar, tirar pero ella no dejaba de mirarlo. Se contuvo.

Se ducho para él y lo supo. Convirtió un trámite de cumplimiento ligero en una sucesión de movimientos sensuales, liberó su pelo, se acarició los hombros, redondos y tersos , enmarcados por la cruz del escote en su espalda, pasó las manos, casi con timidez, por sus pezones erectos, había visto muchas tías ducharse antes de nadar, ninguna se tocaba los pechos, dibujó su cintura, sus caderas y dejó correr el agua caliente por su cuerpo, como si estuviera cansada Le dedicó el baile sin mirarlo una sola vez. Cuando se quiso dar cuenta, su mano ya jugaba bajo el chandal, proporcionándole un agradable placer.
Ella, fingiendo no darse cuenta de sus maniobras, se tiró a la piscina de cabeza. Sorpresa, la mayoría de las mujeres bajaban por las escaleras. Sexy. Comenzó a nadar con un estilo bastante perfeccionado. No pudo sino admirarla, mientras se procuraba unos buenos meneos bajo el pantalón. Sabía que, cuando sacaba la cabeza para coger aire, ella lo miraba y eso lo excitaba aún más. Ella nadaba despacio, estirando bien los brazos, estirando bien los pies, ejecutando cada movimiento con una perfección poco frecuente, su cuerpo se deslizaba por la superficie del agua sin hundirse por ninguna parte, era evidente que había nadado mucho, podía percibir la fuerza de su empuje bajo el agua por lo largo de sus desplazamientos.
Aumentaron el ritmo. Ella de brazadas, él de meneos. La seguía con los ojos, seguía sus brazos, arriba, adentro, atrás, seguía el golpear de sus piernas, seguía sus pies, estirados, como si estuviera subida a aquellos tacones aún. Se imaginó follándola sobre aquellas puntas, colgada de su verga. Seguro que era buena, tenía pinta de ser una de esas mujeres que todo lo hace bien. La aguja pequeña dio una vuelta completa en el reloj blanco. Una hora. Ella salio de la piscina, despacio, cansada, , escurrió su pelo, recogió su gorro y su toalla y, antes de desaparecer tras la puerta prohibida, lo miró largamente.
Dejó la silla de plástico algo sudada. Rodeó la piscina sin prisa. Y entró.
La empujó con violencia contra las taquillas, tembló el metal a su espalda, se abrieron algunas de las puertas y se cerraron otras. Le bajó el bañador mojado y lo dejó en su cintura, la urgencia de tocar sus pechos, recién liberados, frenó el deseo de tenerla ya desnuda para él, los agarró con fuerza, haciendo cuencos con sus manos, estaban mojados y fríos, los pezones se clavaron en sus palmas, erectos, duros. Él se apretó. Algunas puertas se abrieron, otras se cerraron.
Ella suspiró, entornó los ojos, abrió la boca, él la cerró con su lengua, lamiendo deseo, empujó su pecho contra el cuerpo de agua. Tembló el metal, se abrieron algunas puertas, se cerraron otras. El beso apagó las luces de la consciencia y encendió las del placer, unas manos pequeñas, húmedas, se arrastraron por su espalda, el rojo de sus uñas se clavó en sus omóplatos diciendo: fóllame!!, fóllame!!
Soltó los pechos, bajó el bañador con trabajo, demasiado mojado, demasiado pegado, tuvo que agacharse para acabar de apartarlo y se quedó allí, con la cara a la altura de su sexo empapado de agua y de lo otro. Lo besó, empujándola de nuevo. Temblaron las taquillas, unas puerta se abrieron, otras se cerraron. Subió las manos por sus piernas mojadas, mientras su lengua lamía con ansia su clítoris, ella echó la cabeza hacia atrás y sus rizos se estamparon contra el gris metálico, llenándolo de agua, tembló la pared, unas puertas se abrieron, otras se cerraron, hundió los dedos finos en su pelo, abrió las piernas, elevó las caderas, las movió a ritmo sobre su boca hasta que suspiró goce.
Sintió su placer en la lengua y en los labios, casi oyó las contracciones de su vagina, ella se dobló hacia delante y se abrazó al cuerpo arrodillado, unos segundos, un par de minutos para sentirlo bien, él le dio otro par para recuperarla, después, se incorporó y la giró. Miró su espalda, sus hombros redondos y torneados, su cintura estrecha, su puerta de atrás, marcó allí círculos con la yema de un dedo y la piel le abrió paso, con pasaporte en una mano y verga en la otra, se adentró en su zona oscura y prieta. Enganchó las manos a sus suaves caderas y empujó. Embistió. Entró. Salió. Volvió a entrar. El metal tembló, unas puertas se abrieron, se cerraron otras. El placer le alcanzó muy adentro y lo acompañó de un grito sordo, profundo y guerrero, se desmayó despierto sobre su espalda y besó cuello con cloro. Esperó a que sola saliera, acarició por última vez su cuerpo mojado y dejó un susurro en su oído: “Buenas noches, que descanses”.

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Simplemente maravilloso, una escena muy visual y llena de erótismo y buenas imagenes que palpar, nena, eres la mejor. La podréis encontrar en su pagina AQUI

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