Mi último concierto

Era la primera vez que conseguía entradas de uno de sus conciertos, incluso había recorrido más de cuatrocientos kilómetros para poder asistir a tal espectáculo sobrecogedor.
Yo estaba situado en primera fila agarrado de las vallas de contención, cuando se apagaron las luces principales iluminándose solo el centro del escenario, como cuando el mundo solo mira un acontecimiento y todo deja de existir para que puedas contemplar la luz al final del túnel.
Allí, al fondo y tras los instrumentos emergía una plataforma circular, en ella la silueta de una mujer se dibujaba de espaldas, ocultando su rostro al mundo. Millones de expectantes admiradores contenían el aliento para oír sus bellas notas, para degustar su dulce voz, para disfrutar del hipnotizante deseo que despertaban sus curvas generosas y perfectas.
La música empezó a sonar al tiempo que la plataforma rodaba acercándose al borde del escenario.
La cantante, con un vestido de satén blanco de espalda descubierta, alzó las manos al cielo y empezó a tararear la melodía que el piano dictaba, ocasionando que los oyentes aplaudieran al oír por primera vez en directo su valiosa voz.
El foco que la iluminaba desde arriba perdió intensidad, apaciguando el ambiente y creando una atmosfera de sensualidad que acompañaba sus palabras.
Yo, con el corazón encogido al reconocer la balada, decidí bajar la cabeza y ocultar la cara tras mis manos temblorosas. En esos momentos lo supe, no sería lo mismo escucharla en la soledad de mi cuarto que ante tanto público enfebrecido.
Y la letra al fin retumbó en el gran anfiteatro:

“De nuevo vuelves…
Pronosticaste nuestra historia como algo bello y hermoso,
conseguiste que creyera tus palabras con tan solo una mirada,
desgarraste mi corazón para poder meterte dentro, sin compasión, sin tiento.
Y ahora… de nuevo vuelves.
Mantuvimos nuestros cuerpos unidos por el fuego y el deseo,
concentramos la energía embestida tras embestida,
susurraste mil veces que jamás te perdería, lo hiciste sin compasión, sin tiento.
Vuelves… de nuevo vuelves.
Aquella tarde fugaz jugaste con mi cuerpo dolorido y hambriento,
sigiloso me enseñaste a querer más piel, más besos sobre mi sexo,
disfrutamos de espasmos y orgasmos, me los regalaste sin compasión, sin tiento.
Y ahora… de nuevo vuelves.
Mis senos siempre te pertenecieron, al igual que todo mi cuerpo,
te apropiaste de ellos mientras con gula bebías de mi centro,
todo aquello lo hiciste sin amor, siempre sin compasión, siempre sin tiento.
Vuelves… de nuevo vuelves.
Destrozaste mis sueños adolescentes, mi futuro contigo feliz y perfecto,
corrompiste mi mente obsesionada en buscarte, loca desesperada,
anhelante de tenerte cerca, de disfrutar otra vez tu sexo, sin compasión y sin tiento.
De nuevo vuelves…”

En la última estrofa levanté la vista para contemplar como por fin se daba la vuelta, alargando la nota final del estribillo mientras las lagrimas recorrían mi rostro, y el corazón bombeaba encolerizado queriendo salir a buscarla.
Recibió ensordecedores y merecidos aplausos, vítores que la henchían de orgullo por el éxito que desde hacía meses estaba teniendo en el mundo de la música. Entonces dobló su cintura en una grácil reverencia perfecta, y al levantar la mirada la cruzó conmigo un segundo. Me había reconocido.
Se acercó al borde del escenario y sin palabra alguna, ni gesto, ni compasión o tiento, me escupió, para después salir rápidamente corriendo.
Aquella nuestra canción no era de esperanza, si no de traición y reproche. Descubrí en aquel momento que efectivamente, hacía años que la había perdido.

Anuncios