Una amistad muy particular

— ¿Desde cuándo los vampiros se cepillan los colmillos? ¿Acaso os preocupan las caries?
— Muy graciosa. Si pudiera alimentarme de gente honesta, buena y de “alta sociedad” como tú, posiblemente no tendría este sabor de boca. El último llevaba meses sin ver el agua y el jabón.
— Que asco, mejor ahórrate los detalles.
— No todos tenemos la “suerte” de podernos alimentar como tú lo haces. Todavía estoy perplejo de cómo surgió nuestra amistad. A cualquiera le resultaría gracioso.
— Mi condición es exclusiva, y tampoco es que sea de las mejores, tiene sus pegas.
— ¿Pegas? Con lo bien que vives… la cosa es quejarse.
— ¿Tú crees? No puedo saborear cosas buenas, ni oler esencias deliciosas, no puedo follar y sentir placer con nadie ni nada. Hasta tengo prohibido tener deseos. En algo nos parecemos, tampoco puedo dormir y soñar.
— Ohhh… pobre Ángel Caído, que dura es su vida. Si no me llego a comer a tu último trabajo, aquel asesino degenerado, ahora estaríamos destripándonos mutuamente. La vida es insólita.
— Absurda, diría yo. Vamos, acerquémonos un poco al sol, también es mi hora de comer.
— Después del almuerzo podríamos tener sexo juntos, yo no soy humano, conmigo sí que puedes.
— ¿Y perder mis alas? Ni de coña. Terminaría siendo tu postre.
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