Si digo que lo hago, lo hago 
— Dicen que no se puede y sí que se puede, se puede y punto. Pero si es hasta fácil si te lo propones. Estoy cansada de que me digan lo que se puede hacer o no, lo que está bien o no, lo que es correcto o no, ¡venga ya! No me toques las narices, si te digo que lo hago es porque lo hago, a mí nadie me dice lo que es viable, posible o imposible, así que aparta y deja de dar el coñazo. Yo entro, busco y me hago con sus calzoncillos en un pis pas y aquí todos tan contentos. Seguro que tiene millones de ellos por ahí tirados y además, no los echará de menos.
— Si tu crees que puedes entrar en una fortaleza rodeada de verjas inmensas, de alambreras electrificadas, repleta de cámaras de seguridad, perros asesinos en busca de huevos colgantes, puertas blindadas y ventanas con sensores, además de un circuito de alarma replegado por todos los rincones de la casa, creo que estás loca. No van a ser mas benevolentes contigo o menos efectivos, por querer unos gayumbos en vez de las joyas y el dinero que ese famoso cantante de rock pueda tener guardados en la caja fuerte. Inténtalo, no llegarás ni a tocar el alambre cuando media unidad policial te haya puesto las esposas y te hayan amordazado como a una delincuente. Estás flipada si crees que la cosa va ha funcionar porque te hayas puesto ese pasamontañas naranja tan hortera con pompón incorporado.
— Es que no lo tenían en negro y… me da igual lo que digas, me he visto la película de Ocean eleven más de diez veces seguidas y tengo la plena convicción de haber aprendido perfectamente cómo burlar todas esas mierdas que protegen la ropa interior de ese hombre, los calzoncillos serán míos y punto pelota.
— Adelante, estoy deseando echarme unas risas, pero mejor te espero aquí, que no quiero quitarte protagonismo.
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