(Relato inspirado en la ilustración de Hawk-619, “Jake”  
Muchas gracias por servirme de musa, artista!!  (^_^)



La hora de la verdad
Transparencia, la transparencia nunca ha sido mi mayor virtud, ni siquiera poder hablar de cosas banales cuando los demás preguntan por el clima, por el transcurso de la vida en general.
Pero aquella tarde abrí mi corazón a la mujer más especial que había conocido nunca, aquella que con tan solo un pestañeo tenía a sus pies el mundo entero. Su presencia iluminaba cualquier sala oscura, convirtiéndola en resplandor, en un brillo cegador que te dejaba anonadado.
Aquella tarde y tras pensarlo detenidamente, obedecí a mi corazón en vez de a mi cabeza, tenía que sacar el dolor que me consumía, tenía que saber si ella albergaba en su pecho un pequeño hueco donde colocarme.
Abrí la boca para un simple “Hola”, pero de repente las palabras se precipitaron desde la cornisa de mis labios…
— Hasta ahora no sabía lo que significaba estar enamorado.
Ella no dijo nada, no cambió la expresión de su rostro, no parpadeó como de costumbre abanicando con sus pestañas el dichoso aire a su alrededor. Ella no dijo nada.
Mi corazón convertido en pasa se paralizó, dejó su bombeo habitual para quedar petrificado y muerto, mi alma salió del cuerpo en estampida al sentir el dolor que se acumulaba y repartía por todo el organismo, mi alma emigró cobarde; mi mente jugó sucio y abandonó el raciocinio, secó mi boca y cuarteó mi lengua, incapaz de seguir con el discurso que durante días había planeado. Mi yo entero, murió.
Abatido como un vulgar pájaro en el campo de tiro, giré sobre mí mismo, di la espalda a la mujer que amaba y me perdí entre la maleza del bosque de mi desesperación.
Caminé durante horas, días, quizás meses, o al menos así era como sentía el tiempo en mi cabeza, pesado y lento, alargado y sin frenos, eterno.
Decidí sentarme en el porche de la entrada, junto al banco que tantas tardes nos había regalado, apoyando la espalda sobre la tabla que tantas veces acarició sus cabellos plateados, mirando al horizonte, testigo mudo del amor que durante años ella había despertado en mi persona, y ahora, ahora ya no importaba nada de todo aquello.
Os juro que no me arrepiento, he perdido la oportunidad de tenerla cerca, he perdido el futuro que dicté en mi agenda, la he perdido a ella. Pero siempre recordaré las tardes de verano a su lado, el cosquilleo en mis brazos cuando se sentaba entre mis piernas y hablábamos sin reparo. Si tenía que terminar de esta manera, prefiero que sepa que la he amado y perdido, a que siga viendo al hombre opaco que siempre he demostrado ser.
Los hombres no lloran reza la canción, mi melodía difiere de esa afirmación y los ojos encharcados vierten con desgana sus últimas lágrimas.
Miro al frente por primera vez desde mi muerte y cegado por una silueta me levanto inconsciente, tambaleándome hasta caer y quedar apoyado sobre la baranda de madera. Ella ha venido a buscarme, pero no quiero verla, necesito que mi duelo sea privado, solo mío.
— ¿Quién es ella?
Al principio no comprendo, su pregunta está incompleta.
— Dime quién es ella.
Repite y me mira con intensidad, traspasa mis retinas sin apartar la vista, casi con malicia.
Entonces lo comprendo y acercándome con cuidado le susurro cerca de los labios:
— Tú. Siempre has sido tú.  
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