Buenas mis chic@s, hoy quería compartir con vosotros algo que me pasó el otro día, y lo haré a modo de semi relato, fue una horrible pesadilla que tuve, creo que mi mente a veces me quiere muy poco y me regala este tipo de sufrimientos así sin motivos. Al menos, espero que os paséis un rato entretenido con mis sufrimientos inconscientes jajaja (La historia es fuertecita, pero recordad que solo fue un sueño)

El sueño empezaba, o al menos es lo que recuerdo primero, en un patio amplio y antiguo, podría tratarse del jardín central mal cuidado de una iglesia o catedral. No tenía mucha vegetación y las paredes que me rodeaban mostraban el maltrato de los siglos; la edificación era muy arcaica, pero a su vez tenía ese halo de hermosura que muestran los monumentos históricos. En el centro del patio había unas columnas circulares, aunque su altura no sobrepasaba mi cabeza. Yo estaba sentada sobre uno de los bancos de piedra junto a estas mini pilastras, leyendo algún libro del que no recuerdo el nombre ni contenido. Dentro de mi sueño no era consciente de estar acompañada por conocidos, pero notaba la presencia de otras personas a mi alrededor, quizás, turistas con cámara en mano disfrutando de la arquitectura.
De repente, una especie de soplo de aire me movió el pelo, fue corto en duración pero muy intenso; al levantar la vista y por uno de los muchos huecos en forma de arcos de la pared, entró un vendaval de más intensidad pero con la misma escasa duración, acompañado de un sonido atronador que me hizo tirar al suelo el libro que portaba en las manos.
Asustada y con el pánico de que se volviera a repetir, me puse en guardia; en esta ocasión estuvo a punto de tirarme del lugar donde estaba sentada, por lo que miré fijamente al cielo entre los marcos de los ventanales enormes sin cristales, esperando que se repitiera.
No tardó en llegar otro de los ataques, el sonido fue insoportable, el viento soplaba con tanta fuerza que tuve que agarrarme a una de las columnas a mi lado, cerrando los ojos y rezando para que terminara pronto.
Los gritos de la gente se amortiguaban con el estrépito que profesaba aquella cosa extraña que nos atacaba sin compasión.
No fue hasta la sexta ráfaga, que decidí buscar un refugio para protegerme, puesto que mis brazos no soportaban el dolor que me ocasionaba estar agarrada tan fuerte a la piedra. Esperaría que el aire me diera su pequeña tregua y correría hasta la seguridad del interior de la iglesia.
Pero justo cuando me levanté para correr, me di cuenta que de los muros de grandes rocas caían pequeños trozos y restos de polvo. La pared no aguantaría mucho más tiempo.
En esos momentos recordé (así, por arte de magia) que tenía a tres personas muy queridas dentro del edificio. (No diré nombres, pero os aseguro que estaba muerta de miedo)
No sé cómo, pero conseguí llegar hasta la entrada trasera del templo. En una habitación muy pequeña pero de techos altos, estaban dos de ellos, arrinconados contra la pared y abrazados entre sí, esperando que los sonidos de la “bestia” huracanada terminaran.
Miré de reojo al exterior y como había predicho, las paredes empezaron a derrumbarse, cayendo trozos enormes contra el suelo, estallando en millones de fragmentos y convirtiendo el lugar en una nube de polvo, arrastrada cada pocos segundos por las embestidas de aquel viento del demonio.
Me centré en aquellas dos personas que amaba y al mirar al techo de la sala, noté que estaba a punto de venirse abajo, sobre sus cabezas.
Grité a todo pulmón, compitiendo con el chillido del atacante invisible de aire. Entré en la habitación y agarré del brazo a uno de ellos, tirando con fuerza para sacarlos al patio y buscar un lugar seguro donde cobijarnos.
El que no estaba sujeto a mi brazo salió corriendo y se metió bajo tierra, una especie de hueco grande que sobresalía del suelo y hacía las veces de alcantarilla. ¡Genial! Pensé. Ahí estaremos a salvo hasta que pase toda esta locura.
Pero justo cuando llegaba a la salida, un trozo de tejado se derrumbaba sobre nosotros, impactando en el centro de la cabeza de mi acompañante y clavándose con fuerza en su cráneo.
Instintivamente, llegué a sujetarla por debajo de los brazos, antes de que su cuerpo tocara el suelo, y tres pasos más tarde, los dos caímos sobre la tierra y los cascotes. Sus ojos estaban en blanco, la expresión de su rostro había perdido todo el color y de la herida salía un chorro rojizo y abundante de sangre. Estaba muriéndose entre mis brazos, estaba perdiendo a una de las personas más importantes de mi vida.
Yo gritaba y gritaba, pero nadie podía oírme. De repente, apareció en mi campo visual la tercera persona que me había acompañado ese día. Fuera, en el patio, ayudaba a una anciana a levantarse del suelo, mientras que los dos eran atacados por una de aquellas violentas torvas de aire endemoniado. El ruido silbante esta vez no cesó tras el ataque y mi garganta se quedó seca y sin sonido alguno, seguía gritando para que me oyera pero estaba afónica.
La impotencia de no poder pedir ayuda a mi ser querido, el miedo de haber perdido a alguien a quien amaba tanto, y la incertidumbre de no saber si saldríamos de allí con vida, me estaban matando.
Mientras lloraba solo podía pensar en una cosa: “deja de mirar por un momento a esa anciana y fíjate en mí, estoy aquí y necesito que sigas vivo. Se ha muerto, ella se ha muerto entre mis brazos.”

Y ahí me he despertado, cubierta de sudor y con los ojos encharcados, el corazón me latía a mil por hora y he tenido que lavarme la cara con agua fría para comprender que solo había sido una pesadilla. Pero os diré algo, mi subconsciente me odia a muerte. 
Anuncios